Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Éste es un país hipócrita, un defecto que aumenta conforme nos modernizamos, desarrollamos nuestras expectativas económicas y nos vamos acercando a ese ideal casi imposible del primer mundo que se llama Europa.

En mi barrio abundaba un buen puñado de lacras, pero  ignorábamos la hipocresía. A nadie se le caían los anillos por llamarle marrana a la vecina, si al caso venía, porque no había barrido durante días su trozo de calle o porque depositaba la basura en un lugar inconveniente del estercolero de Las Torres. Con los hombres sucedía otro tanto; sin llegar a las manos casi nunca, eso sí, se insultaban a placer por disquisiciones agrícolas o dudosas lindes de terrenos imaginarios, que apenas si les afectaban, pero en las que parecían entrar en juego su hombría y su honor.

De modo que a cambio de un poco de bulla y algazara, nadie ocultaba sus pequeñas debilidades cotidianas, tal vez porque lo políticamente correcto correspondía al cuerpo de la guardia civil y no al buen gusto general.

En aquel barrio, y casi en toda España, se escuchaba cada tarde en familia el consultorio de Elena Francis, que luego resultó ser todo un hombre de pelo en pecho, según dicen por ahí, pero que en los pequeños transistores o en las grandes y vetustas radios  sonaba dulce, doméstico y pacato. Por supuesto que a continuación atendíamos en silencio reverente, mientras nuestras madres y nuestras abuelas cosían afanadas en su labor, los truculentos dramas sentimentales de la novela de turno, aquellas extensas, lacrimógenas y extravagantes historias de radio, que las mujeres escuchaban meneando la cabeza en un sentido o en otro.

Por la tarde o al día siguiente no había empacho en comentar en la calle y en público los pormenores argumentales de las fábulas herzianas e, incluso, en proponer otras líneas narrativas más sugerentes o caprichosas hasta convertir las ficciones radiofónicas en parte indispensable de nuestras existencias.

Hoy, en cambio, abomina todo quisque de los programas televisivos de coloración rosada, aunque los índices de audiencia dicen otra cosa muy distinta a tenor de los números obtenidos semana a semana, de los enormes beneficios que los medios, los periodistas del ramo y los protagonistas del colorínse embolsan casi a diario; han proliferado como setas estos subproductos de la antigua crónica social, en la que solo veíamos aristócratas nocherniegos, vetustas modelos y actrices viciosillas, desocupados de buen porte que hacían las veces de acompañantes, chulos de medio pelo o pretendientes para llevar al altar a la heredera de turno.

Si todo este suculento embrollo triunfa desde hace tanto, salvando algunas distancias éticas y estéticas, es porque el pueblo, es decir, todos nosotros, usted y yo y el vecino, andamos interesados en los males y en las fortunas que puedan caerles de repente a personajes mejor situados que nosotros, para envidiarlos en un caso y continuar nuestras horas humildes a su sombra, o para reconfortarnos, en alguna medida, con los males de los grandes, que vienen a ser como los nuestros: problemas de liquidez, cuernos imprevistos, hijos insolentes y maleducados, madres dominadoras, disputas de herencias, soberbios complejos de edipo, putas y maricones de segunda, vocingleros, maleducados, arrogantes, analfabetos, marujas y macarras, niñas de papá y niños pijo, toreros sin esencia y artistas sin pedigrí; pero con una sustancial diferencia, ellos son figuras de la tele y nosotros seres anónimos, que trabajamos ocho horas todos los días y apenas nos llega el sueldo para acabar el mes.

Reconozcamos, sin embargo, además  que en algún momento hemos sido asiduos telespectadores de esta cotidiana basura televisiva, que  muchas de esas historias despertaban nuestra atención y desvelaban, en ocasiones, ciertos aspectos ocultos de la condición humana, de nuestra propia naturaleza. El amor, por ejemplo, contra el engaño, la defensa de los instintos casi animales, la pasión y el deseo, el ansia de riqueza y de poder, los sentimientos aparentemente más nobles, como la fidelidad tras el paso del tiempo, la ternura por los hijos y por los abuelos, las emociones casi tangibles, materiales, de un naturalismo espeluznante.

Desde antiguo los patricios aconsejaban pan y circo para la plebe, pan y circo para calmar sus bajos instintos, para saciar su sed de sangre o su peligroso aburrimiento.

Por otra parte, la mejor literatura y el mejor arte, en general, al menos el que prefiero, es aquél que revela el lado más oscuro del hombre, sus entrañas negras y profundas. Léase a Kafka, a Saramago o a Onetti, por ejemplo, véase algún cuadro de Bacon o cualquiera de las pinturas negras de Goya.

De manera que no pongo reparo alguno en que hombres y mujeres bien formados vean, si les apetece, estos programas que despiertan la furia y el odio de una falsa progresía atenta siempre a lo que debe o no debe hacerse, pero indiferente en absoluto, como el resto del personal, a la lectura de un buen libro. Me molesta que me digan lo que tengo y lo que no tengo que ver.

He cumplido cincuenta años, he acumulado muchos defectos, pero la hipocresía no es, por fortuna, uno de ellos.