Pedro Antonio Martínez Robles.

Decía mi suegro, que en gloria esté, que quería comer otra vez torta de garbanzos de aquella que le hacía su madre porque se le había quedado su sabor fijo en la memoria del paladar y no había vuelto a probar desde la infancia manjar más exquisito. También mi amigo Manolo se regocijaba un día mientras me explicaba que había encontrado un plato verde para tomar sopas de leche igual que las que comía en su infancia y no había recipiente más adecuado para un desayuno mejor.

No tengo yo grandes cosas que contar de mis meriendas infantiles. Podría mencionar, sin embargo, con cierta nostalgia las tardes de fiesta en que llevaba un chusco abierto hasta la tienda de la Pepa del Secano para que su sobrino Joaquín me pusiera en él dos pesetas de miga de atún blanco rociado con un cucharón de caldo de tomate, o el desconcertante descubrimiento del sabor de las barritas de Almendracao,que ni sabía a almendra ni a cacao ni a chocolate ni a nada parecido. O el pringue untuoso del Tulicrem, que vino a ofrecernos los primeros sabores artificiales que tanto habrían de proliferar después en el mercado alimentario. Pero de todas estas pequeñas aventuras culinarias que la memoria rescata de aquellos años en islotes desperdigados, hay una un tanto especial y no precisamente por su carácter suculento; se trata de aquella socorrida merienda a la que tantas madres recurrían para atravesar con mediano éxito la precariedad de esas tardes jubilosas de los años 60 y que consistía en una rebanada de pan amasado, de aquel que tenía la miga compacta y morena, rociado con un buen chorro de vino tinto y espolvoreado de azúcar que más que llenar calentaba el cuerpo y te quedaba en el galillo esa desazón que deja el vino cuando aún no se ha establecido la debida confianza con él. Parece una tontería, pero ese sabor, que en nada se parece hoy al que nuestra cabeza retiene de aquel tiempo feliz y despreocupado, sin tener nada de extraordinario, acabará tornándose un día, con toda probabilidad, en irresistible deseo, no tanto por la engañosa exquisitez que pretenderemos atribuirle y que no ofrecía a nuestro aguerrido paladar de entonces, como por el imposible anhelo de recuperar una edad en la que creíamos que el mundo era un paraíso en el que cabían todos los sueños.

 

2 de marzo de 2008