Ricardo Montes Bernárdez

Presidente de la Asociación de Cronistas Oficiales de la región de Murcia

La conmemoración de la victoria de las tropas cristianas sobre las musulmanas acabó convirtiéndose en desfiles conmemorativos, celebrados, de forma esporádica, al menos, desde el siglo XV. Solían realizarse para conmemorar festejos reales, visita de un Comendador… Sabemos que tuvieron lugar en Murcia, Lorca, Alhama, Calasparra, Caravaca, Cehegín, Jumilla, Mula y Yecla. Con el tiempo acabarán desapareciendo, siendo retomadas, en el siglo XIX por Caravaca, que marcará el paso para su recuperación.

Las tropas catalano-aragonesas de Jaime I y las castellanas de Alfonso X desearon conmemorar, pasado el tiempo, sus victorias, entre ellas la reconquista de Murcia acaecida a comienzos de 1266. Es muy posible que en sus comienzos no fuesen más que unos simples desfiles de tropas, con misa y procesión en honor de Santa María, a quien se había consagrado la mezquita aljama de Murcia, pero con el correr del tiempo, se les fueron añadiendo otros elementos hasta convertirse en una especie de representación teatral de la lucha entre moros y cristianos.

Una característica importante es que este tipo de festejos no se celebraban anualmente, sino que servían para conmemorar algún hecho importante o agasajar alguna visita ilustre.  Interesantes fueron las celebradas en Lorca en el siglo XVI, únicas diría yo, ya que se celebraban con auténticas batallas, con castillo de madera, casi a tamaño natural, llegando a producirse heridos en el fragor de las batallas simuladas. Las de la ciudad de Murcia se celebran desde 1426. En el Noroeste se celebraron en varias localidades.

Calasparra

A finales del siglo XVI Calasparra adoptó como patronos a san Abdón y san Senén.  Las festividades en su honor tenían programada como actividad reina “correr los toros”, aunque también incluían comedias, danzas y “alardes de moros y cristianos”.  Y.…” Para celebrar todas las fiestas con la decencia justa es necesario gastar mucho más de trescientos reales cada año”.  A fin de recaudar los fondos necesarios, en junio se nombraba a los mayordomos de fiestas que eran elegidos de entre las familias notables. Las fiestas de moros y cristianos se celebraban en 1608 en honor del Comendador Jerónimo Pimentel, según reza el acta capitular del 3 de agosto: “…y en treynta dias del mes de Jullio deste presente año, vino a esta villa y entro en ella la primera vez después que encomendo; y para dicha entrada y por orden de este ayuntamiento, se hicieron fiestas de moros y cristianos…”. Para 1625 estas celebraciones contaban con una dotación de 176 reales, dato que se completa con las actas capitulares de 30 de julio de 1658 en las que se añaden 50 reales para montar el castillo y simular las batallas.

Caravaca

Dragones Rojos en 1962, desfilando por la Gran Vía de Caravaca, junto al “Gran Teatro Cinema” (1926-1979). AGRM

Dragones Rojos en 1962, desfilando por la Gran Vía de Caravaca, junto al “Gran Teatro Cinema” (1926-1979). AGRM

El historiador caravaqueño Francisco Fernández García encontró documentación relativa a la fiesta de Moros y Cristianos, en el siglo XVI en Caravaca, a su investigación nos remitimos. El verano de 1538 llegó la noticia de que el emperador Carlos regresaba a España tras haber firmado un tratado de paz con el rey Francisco I de Francia. La noticia se recibió en Caravaca con gran satisfacción y júbilo, por lo que se estimó que sería conveniente celebrar una fiesta.

Los festejos se programaron de la forma siguiente: sábado 19 de agosto juegos de toros, cañas y alcancías y el domingo 20 por la mañana procesión general recorriendo toda la población y por la tarde fiesta de moros y cristianos. Para asegurar la participación de los vecinos en los diferentes actos proyectados, se decretó la asistencia forzosa de todas las cofradías y también la participación obligatoria en los juegos de cañas y alcancías de todos aquellos que tuviesen caballos. Asimismo, el concejo ordenó a los vecinos que barriesen y tuviesen limpias las calles y colocasen luminarias en las puertas de sus casas la noche del sábado.

Los documentos que nos dan testimonio de esta celebración no aclaran la modalidad de la fiesta, aunque el término usado fue «escaramuça de moros e cristianos. No suministran los documentos información sobre quienes fueron los participantes, tan solo que fueron gratificados con la comida de ese día. Para todo lo relativo a la organización de este festejo el concejo comisionó a los regidores Francisco López, Alonso de Reina y Alonso de Robles detallando que «tengan cargo de proveer la jente que a de ser moros y cristianos y que a los que en ello entendieren se les de aquel dia de comer».

En 1846 Madoz recibía, desde Murcia, los datos que se publicarían en 1850 con respecto a las fiestas del 3 de mayo en Caravaca.  A este respecto menciona ya a los moros como desfilantes frente a los arcabuceros: “…un número considerable de arcabuceros, vecinos del pueblo y campos, improvisan una compañía, según costumbre antiquísima, mandada por un capitán retirado y un alférez que lleva la bandera destinadas al efecto…, van también comparsas de moros a caballo y a pie, otros vestidos a la española antigua, con peto, espaldar y casco adornado de flores contrahechas…”. En 1862 llegaba a las fiestas caravaqueñas el viajero francés Charles Davilier, que comenta…”la fiesta termina con cabalgadas de moros…, al estilo de las que vi en Alcoy”.

En 1881 la prensa regional decía: “la lucha de moros y cristianos es un espectáculo nuevo de mucho efecto”, lo que se contradice con la información de Madoz.  Cuatro años más tarde, en 1885, el Cabildo se hacía eco de la existencia de moros y cristianos en este festejo y aceptaba como cofrades a personas que habían contribuido en estas “comparsas de moros y cristianos”.  Pero en 1891, se intentó eliminar el desfile, pero como ya hubiera arraigado con fuerza en el gusto de la población, la comisión de fiestas tuvo que rectificar su decisión y mantenerlo.   Así las cosas, en 1896 todavía la prensa se hacía eco de ellos.  De forma continuada se celebraron los desfiles y simulacros de batalla a fines del siglo XIX y todo el primer tercio del siglo XX, destacando el de 1910, con 700 hombres y dos bandas de música, y los de 1916, con un Parlamento escrito por el poeta, periodista y militar Juan José Ibáñez Cánovas, que fue, además, el introductor de la Retreta en las fiestas.

En 1932 la prensa dedicaba dos líneas al tema: “…Lucidos grupos de moros y cristianos que reñián en enconada batalla”.  Pero la Guerra civil aletargó los festejos temporalmente, si bien, en 1940 volvían a la Cuesta del Castillo a realizar simulacros de batallas, realizándose de forma continuada hasta la actualidad. En 1959 parece que se le dio un nuevo empuje, pero no fue una recuperación “por desaparición”. En 1960 se elegían dos reinas y dos madrinas representando a Moros, Cristianos, Rifeños y Dragones Rojos.

Cehegín

Sabemos que en 1722 ya se realizó algún desfile de Moros y Cristianos, en honor al patrón san Zenón.  Ese año, el presbítero Martín Pérez Espín relata como la fiesta se financiaba entre todos los vecinos, pero dado que la situación económica local no era buena, estaba dispuesto a financiar, él mismo, los alardes y los juegos de toros. A mediados del siglo XVIII los regidores Esteban Chico de Guzmán y Fernando López García (propietario de una almazara) serían los capitanes del bando Moro y Cristiano, respectivamente, representándose el desfile “de la forma acostumbrada”.

Mula

Las fiestas de moros y cristianos celebradas a finales de agosto en Mula se remontan al siglo XVII y estaban relacionadas con la Virgen del Carmen.  Duraban cinco días y fueron fomentadas por el marqués de los Vélez desde 1634. La Hermandad nombraba a los capitanes de las facciones que habrían de enfrentarse.  En los combates simulados se gastaban seis arrobas de pólvora que se iban en salvas.   Sobre estos festejos se decía en 1695: “…quieren hacer esta celebración con comedias y representación de batallas de moros y cristianos, que se quieren correr toros en la plaza del mercado de esta villa”.   Los vecinos tenían obligación de limpiar las calles bajo pena de doce reales de multa.  Para la representación de las batallas se erigía un castillo de madera, castillo que sería tomado por los cristianos tras ganar la contienda escenificada en las gradas de la iglesia del Carmen.  Los vencidos moros eran hechos cautivos y su rescate hacía las veces de limosna.