Pedro Antonio Hurtado García

Nos desborda tanta oleada anunciada de coronavirus, oleadas que deberían sonrojarnos a los ciudadanos por relajar las medias, arriesgar innecesariamente y afrontar situaciones evitables. Igualmente, la Administración no debería seguir incurriendo en esas facilidades para determinadas fiestas como Navidad, la inminente Semana Santa y demás, porque ninguna necesidad existe de embarcarnos en nuevos repuntes tendentes a perder el control de un mal que, ahora, ya se percibe mucho más atenuado, aunque nunca, de momento, totalmente controlado.

Al hilo de este preámbulo, cabe llamar la atención sobre los colectivos que se han ido “eligiendo” para ser vacunados preferentemente: profesionales sanitarios, personas de avanzada edad, centros de mayores, fuerzas armadas, funcionarios de prisiones, miembros de cuerpos de seguridad, bomberos, profesores, etc., etc.

Pero parece inasumible que nadie haya mencionado, ni siquiera, al colectivo oncológico, una enfermedad que, de largo, se cobra muchas más vidas que el propio coronavirus. Parece una falta de atención y de respeto a un grupo numerosísimo de pacientes que se siente “encogido” al sufrir un padecimiento que nunca se sabe cómo acabará y que presenta reacciones, en ocasiones, que dan la vuelta a toda esperanza.

¿Qué pasa, que no es contagioso?. Porque, si lo fuera, seguro, se miraría con otra perspectiva mucho más egoísta. Pero no olvidemos el “contagio” interno que tiene en su cuerpo quien sufre este mal. ¿O, eso, no merece consideración?.

Parece que no hemos alcanzado, todavía, lamentablemente, ese grado de sensibilidad social y humana que se precisa para dirigir tareas de esta magnitud, en España y en el mundo. Apoyemos la economía, simultáneamente, sí, pero no volquemos nuestra atención, exclusivamente, sobre un sector tan luctuoso, aunque respetable, como es el funerario, por favor. Buenos días.