Juan Eladio Palmis Sánchez  

Todo lo que se cultive en tierra que alcance a escuchar las campanas del campanario de Archivel está bueno y sabroso. Y puede que sea verdad, porque patatas cocidas, limpias, sin ajo perete; magra de chino; envueltos; maíz, y muchos productos más, eran manjares que no he vuelto a sentir el placer de un sabor que se quedó grabado en aquellos tiempos: por cuya periferia de añoranza deambulo ahora, incapaz de recordar cómo era el vuelo de verderón, o cómo de fría estaba para el baño el agua en la acequia archivelera que se desbordaba en La Muralla, allá por el Cerro de las fuentes, que cuando la veo seca, hace que se me salten las lágrimas.

Archivel me ha sacado más versos de añoranza que ningún pueblo o país donde haya estado o vivido. Y tengo una curiosidad, que en cuanto tenga delante a un sicólogo argentino se la tengo que exponer, porque desconozco la razón mental que me lleva a que en cuantico pongo en marcha el teclado del ordenador para escribir, aunque sea un tema de América o de África, mi mente empieza a enviarme recuerdos infantiles de aquel Archivel que se va ir conmigo a la materia estelar con o sin coronavirus.

La segunda imagen fotografiada de mi vida, es archivelera: Un servidor, con un compadre de mi cuerda y protocolo, recientes libres de pañales, nos fuimos, desobedeciendo todo consejo, desde Archivel hasta el Cruce de Barranda para ver pasar un automóvil turismo; Que lo vimos e iba impulsado por gasógeno; pero eso lo supe después que, para mi asombro, vi por primera vez un coche turismo, diferente del camión archivelero, o del autobús que, en un alarde de frenos de cable, llevaba pasajeros, invierno y verano Caravaca- Nerpio.

Entre uno de mis muchos sueños incumplidos, figura uno de que, a la altura de mi cuarenta o cincuenta libro, ahora que por viejo salto los cien; haber podido vivir de la escritura y poder pasar largas temporadas, especialmente en los inviernos en Archivel, paseando por aquellos campos infantiles que pisé en los inviernos calzado con unos calcetines de algodón franquista, y un sandalias blancas, de tiras, de la goma victoriosa de la guerra, sin que haya vuelto nunca más a sentir el tremendo desazón y picazón de los sabañones junto a la lumbre de la chimenea.

Archivel está ahí, para mí no es un pueblo cuadrado y recogido como lo puede ser otro que me gusta mucho, El Sabinar, pero Archivel es un pueblo extendido levante- poniente, los dos cardinales que conjuran nuestra existencia que, en mi caso particular, de no haber vivido en Archivel aquellos hermosos años de mi infancia, mi vivida hubiese sido más sosa; hubiera abundado la sonsera de no conocer como late el corazón infantil cuando estas agachado en el suelo robándole un racimo de uva al Tío Cavila, o cientos de travesuras infantiles.

Archivel estaba, ajeno, en aquellos días de añoranzas cuando el barco y el temporal; cuando llevaba tres o cuatro días de altas olas y mala mar, y comenzabas a soñar con una tortilla de patatas a la sombra de un pinar, entonces yo soñaba con la misma merienda pero sentado escuchando el hermoso sonido de aquel caño de agua que manaba del Cerro de Las Fuentes, que los mismos que se quedan impávidos cuando ven una selva arrasada la contemplan pensando en los beneficios que habrá generado su madera, algunos como servidor sentimos rabia y dolor.

Porque el agua del Cerro de Las Fuentes la vieron brotar, cantar, correr y regar los campos, por mucho más de dos mil años, gentes menos cazurros y egoístas que la que la han secado a cambio de nada.

Salud y Felicidad.