Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Será porque soy del pueblo, pero nunca he necesitado motivos para ir a Moratalla, he ido y he vuelto de manera natural como el que se pasea por la vida y no se cuestiona nada; pero este verano me detuve a pensar en las virtudes de mi tierra. Durante más de una semana  estuve alojado en La Caraba, en uno de sus encantadores nidos junto a una piscina refrescante, rodeado de naturaleza y con unas impresionantes vistas a la sierra y al pueblo. Fue entonces cuando empecé a decirme que estar allí merecía la pena, justo en el sitio por donde yo había pasado con mi padre y con mi abuelo miles de veces en dirección a la huerta o al secano, con la burra cargada de hortalizas o con las ovejas, camino de La Puerta o del Somogil para pasar un día de baños, paella y familia. Pero estar en pleno gozo, sentir la brisa, el ritmo sosegado de la naturaleza y vislumbrar el cielo eran cosas que solo este verano terminé de apreciar del todo, aunque Moratalla disponía de una amplia selección de pequeñas sorpresas que mi compañera y yo iríamos descubriendo poco a poco. Encargamos a Trini la comida del primer día y nos sorprendió con un tradicional y suculento potaje de acelgas que degustamos sentados a una mesa en el porche y en cuyo final yo propuse enriquecer el guiso con un chorro de aceite de oliva y un espolvoreo de sal. Me recordó todo aquello a mi infancia y disfruté, disfrutamos como nunca.

La cena fue en la terraza del Rubio acompañados de nuestra amiga Lola con la que recordamos  tiempos universitarios mientras la noche iba cerniéndose sobre nosotros como un manto de oscura belleza y el castillo brillaba en lo alto del  cerro. Unos helados en un banco de la Glorieta, las confidencias de los amigos de siempre y el purísimo aire de  la noche de Moratalla obraron el resto, porque a la noche siguiente estuvimos en un abrigo neolítico del Calar de la Santa imbuidos del aroma intenso y perfumado de los campos de lavanda y de la voz concienzuda y sabia de Salva Ludeña que fue descifrándonos los arcanos de las exclusivas pinturas rupestres mientras franqueábamos un camino de montaña sin otro amparo que las primeras estrellas de la noche y la luna

Cualquier excusa es buena para ir a Moratalla, a pesar de que requeriría de un cuidado urbano inexistente en la actualidad y de un mayor celo por parte de sus gobernantes. La visión del casco antiguo desde la balconada de la Plaza de la Iglesia o de la sierra y de la huerta desde Las Torres, acompañado si es posible de una mujer hermosa, no tiene precio, pero no podemos eludir una visita inexcusable a la que es para mí la mejor carnicería de la comarca, la carnicería Carpanta, cuyo fundador fue íntimo amigo de mi padre. Allí podremos encontrar la carne más tierna y sabrosa, el embutido más exquisito, el queso variado y otras mil delicias de la carne y de la leche. Muy cerca, en la misma calle o un poco más abajo es posible comprar el pan de siempre, en Santana o en El Chaparro, las tortas de chicharrones o de manteca más gustosas, y regresar con todo ello a La Caraba, darnos un baño breve para preparar una comida de lujo, una sobremesa larga de verano y una velada romántica con  una excelente botella de cava y el aura fresca y perfumada de la noche, a no ser que nos sentemos en la terraza del Paype y nos pidamos un  gintonic…

Hay demasiadas razones, desde luego, para no perderse Moratalla ni un solo día más.