GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Cuando pongo la cuatro y veo el programa «21 días» presentado como algo novedoso y rompedor, y de su periodista en plan sufridora soy la reina del periodismo de investigación, me dan ganas de llorar. De la periodista, que se va a padecer a IbNellie Blyiza y de los 21 días que gastó. 10 necesitó Nellie Bly para entrar en un psiquiátrico como enferma y salir con una serie de reportajes para el The New York Word con los que revolucionó el periodismo de investigación en 1887. Me rio yo de la cuatro.
Mucho antes que la de la cuatro, en pleno siglo XIX Nellie Bly se jugaba la vida para denunciar otras vidas que no eran la suya. Se hizo pasar por empleada en una fábrica de cajas, por criada de familias ricas y por loca, llegando a estar internada diez días en el manicomio de la isla de Blackwell en Nueva York. También batió el récord del héroe literario de Julio Verne, Phileas Fogg, quien había cruzado el globo en 80 días, al realizar un periplo similar en 72 días.
Nació como Elisabeth Jane Cochran en Pensilvania en 1867, cuando américa era aún esa fábrica de sueños donde cada día llegaban miles de inmigrantes. Una fábrica donde las mujeres trabajan sin descanso y sin derechos. Una fábrica de sueños donde se hacían las pesadillas.
Nellie fue una de ellas. Tuvo que buscar trabajo muy joven para poder estudiar. Con 18 años empezó a escribir en un diario de Pittsburgh, donde en vez de contar recetas de cocina, denunció la situación que vivían las cocineras. Pero Nellie era aventurera y fisgona y pronto no le quedaron temas que denunciar en aquella ciudad, se fue de corresponsal a México y poco después a Nueva York. Sería Joseph Pulitzer quien la contrataría para realizar algunos artículos sencillos sobre temas sociales de la ciudad y la mando directamente al sanatorio, donde de dijo: «No te pedimos que vayas allí con el propósito de hacer revelaciones sensacionalistas. Describe las cosas tal como las veas, sean buenas o malas; alaba o culpa como creas que es justo, y cuenta la verdad todo el tiempo».
No imaginaba la forma en que Nellie abordaría el tema. Ella misma cuenta en su libro «Diez días en el manicomio» como, tras conseguir que la internaran en el centro para enfermos mentales de la isla de Blackwell se convertiría unos días «en alumna de todos los locos de la ciudad. Solo quería comprobar que las criaturas más indefensas de Dios, los dementes, eran cuidados de una forma profesional y cariñosa». Tal y como le encargó su jefe, la periodista cuenta lo que ve, sin guardar, ni callar nada, sin vendas ni vendajes y durante esos diez días Nellie no intentó hacerse la loca, al contrario «hablé y actué como lo hago en la vida real. Y, aunque suene extraño, cuanto más sensatamente hablaba y actuaba, más loca me consideraban todos».
Cuando tuvieron que sacarla, porque tuvo que ir el mismo Joseph Pulitzer a sacarla, aseguró sentirse «culpable porque no pude llevarme conmigo a alguna de aquellas desafortunadas mujeres que vivieron y sufrieron junto a mí y que –estoy convencida- estaban tan cuerdas como yo». Su reportaje fue un hito en el periodismo de investigación y a Nellie Bly la heroína que , mediante su trabajo de investigación, consiguió que la administración de Nueva York destinara un millón de dólares adicional cada año para el cuidado de enfermos mentales.
Siguió escribiendo hasta que se casó con un empresario Robert Seaman, 40 años mayor y que murió al poco tiempo, dejándola al cargo de unas empresas que ella modernizó con mejoras sanitarias, cursos, librerías, fitness… y que al poco dieron a pique. Arruinada, tuvo que regresar al periodismo en el ‘New York Evening Journal’. Fue la primera corresponsal en la Primera Guerra Mundial informando desde el frente del Este. Al poco de volver, murió de neumonía con 57 años.
Sus diez días en el manicomio valen más que los 21 de cualquier reportera de hoy.