PASCUAL GARCÍA
En un tiempo de penuria económica y de barbarie cultural; en una edad de miedo y de miseria, ser maestro de escuela, como Sócrates, como Fray Luis de León, como Antonio Machado o como don Pedro Zapatero era una forma como otra de malvivir, de comer poco y dar mucho a cambio, de iluminar la noche oscura de la ignorancia y soportar numerosas carencias y no pocas ingratitudes. Es verdad que los que tuvieron en esa época, y en otras anteriores, acceso a los estudios universitarios pertenecían a una clase que les permitió vivir con cierta holgura, pero muchos otros sobrevivieron rodeados de estrecheces y tocados con el estigma  de una rebeldía connatural al conocimiento, una rebeldía que muchos pagaron con su propia sangre o con largas temporadas en la cárcel. Y no me refiero solo  a los años de la posguerra española. 
Sin embargo, no me ha gustado nunca el refrán que da título a este artículo, porque es despectivo, miserable, desconsiderado y propio de un pueblo mezquino que ha valorado más un saco de patatas que la lectura de las páginas de un buen libro. Y, además, hambre, lo que se dice hambre la pasaron en este país y en nuestro pueblo no solo los maestros de escuela, sino también los carpinteros, los herreros, los albañiles, los aguaderos,  los hojalateros, los escribientes,  los mozos y las mozas que servían en casa ajena, las modistas, los leñadores, los segadores, los pequeños comerciantes, los oficinistas, los municipales, los carboneros, los alpargateros y tantos otros, que sería más sencillo y más corto enumerar los que anduvieron satisfechos en aquellas décadas infaustas de la gazuza.
Y yo añadiría que es un motivo de orgullo haber compartido con los demás la escasez y los apuros y no haberse aprovechado de la debilidad de los semejantes, porque en tiempo de guerra y de posguerra suelen surgir las fortunas bajo sospecha, las oportunidades de hacer dinero fácil y rápido, el saqueo y el pillaje como formas de vida.
En cambio, los maestros de escuela, cargados con el peso de los conocimientos de siempre, aquellas imprescindibles cuatro reglas y la escritura y la lectura como bandera  de una educación que nos haría mejores a todos, los secretos de la Historia, la Geografía, algunas nociones de Francés, Historia sagrada y Caligrafía cruzaban los territorios diezmados de una patria en carne viva a la que era preciso dar de comer e instruir. Escuela y despensa había sido el lema de los regeneracionistas y, aún hoy, pese a la crisis y a la miopía de nuestros políticos, continúan siendo conceptos vigentes, a los que deberíamos añadir el de la salud. 
No es necesario, porque constituye una obviedad palmaria, reivindicar la figura del docente y bruñir su imagen, ennoblecerla, elevarla hasta una posición adecuada que se corresponda con su verdadera importancia. Construir casas, conceder préstamos, legitimar documentos, invertir en Bolsa o  defender a grandes personajes de la política y de los negocios, manifiestamente culpables a veces, son ocupaciones discutibles cuanto menos, pero diseminar el conocimiento y erradicar la barbarie y la incultura, enseñar a pensar y a respetar a los otros  por un sueldo exiguo que no garantiza un mediano nivel de vida supone, hoy por hoy, una auténtica heroicidad.
Trabajar por dinero no envilece a nadie, antes al contrario, pero trabajar a pesar del dinero, incluso en detrimento de otros empleos más lucrativos, entraña un carisma de respetabilidad, justo en estos años en los que nadie parece atender a otra cosa que al rendimiento neto, que debería suscitar nuestra admiración absoluta y servir de ejemplo, ahora que, entre otras cosas, tan necesitados estamos de ejemplos. 
Ojalá no volvamos a pasar más hambre que un maestro de escuela y que la luz de sus palabras sabias no permita en adelante nuestra ciega necedad de hombres y mujeres comunes, que tuvimos, eso sí, el privilegio de ir a la escuela en nuestra infancia.