ANTONIO F. JIMÉNEZ
Íbamos por Malasaña dos amigos míos y yo, los tres de Bullas, canturreando lo de Juan Perro: «Malasaña, dos de mayo, poco importa de qué año», ese ritmo que tan al pelo nos venía mientras discurríamos las callejas empedradas del barrio madrileño que fue Movida, y donde uno puede ver de primera mano el mundo que inspiró a Almodóvar, sobre toVista de Madrido por la noche, con los vendedores de cervezas de bote y el lenocinio en la calle. Luego, de día, Madrid es una ciudad de más de un millón de maniquíes andantes. En Madrid, la gente viste igual que en los escaparates y las aceras son un amasijo de modas, mientras que la carretera semeja un mar de coches imposible de cruzar. En Madrid hay un gran distanciamiento entre el mundo del paseo y el mundo de la conducción. Las libertades que nos tomamos en los pueblos de andar por mitad de la calle, en Madrid sería un suicidio. Abundan en las chicas las narices romanas y los chicos combinan la barba a lo zar, frondosa y negrísima, con unas gafas retro y unos pantalones apretados que reducen las piernas a mero hueso. Los viejos no llevan boinas o, al menos, yo no he visto a ninguno con la gorra encima. Será porque una boina normalilla te sale por un ojo de la cara en los soportales de la Plaza Mayor, sede del café con leche, del que se ha hablado tanto desde lo de la Botella, aunque yo creo que es peor que los camareros no entiendan qué es un café con una chorraica de Baylis, o que ni siquiera se lo apunten. En la Plaza Mayor hay también un restaurante donde, dicen, hacen los mejores cocidos madrileños. Cela es posible que acudiera allí con su buche, su papada de pavo real y sus ventosidades lanzadas con una pierna ligeramente levantada, como él mismo dijo que prefería las flatulencias. Cela, en su día, se dejó un barbón de cuidado pero se lo escardó cuando empezó a llevar barba todo el mundo. Hoy, visto las cosas, hubiera hecho posiblemente lo mismo. Yo prefiero la patilla, una patilla a lo Ibsen, que te la mueva el viento de Madrid. En Madrid, por cierto, dicen que hay perniles de Bullas en los museos del jamón. Íbamos a buscarlos, pero la tripa nos rugía lo suyo y nos metimos a un bar. Ahí se acabó todo el turismo.
Nos topamos con unos gallegos de Betanzos, pueblo hermanado con Bullas, que también será casualidad, y casi que viene a ser lo mismo que encontrarse con alguien del pueblo. Los de Betanzos nos regalaron un mechero y decían cosas raras como «carallo» y cantaban cantos independentistas. Yo no sé si escribir en Madrid es llorar, como dijo Larra; tampoco sé cómo es el madrileño castizo, de raza, porque Madrid es una confluencia de acentos, una lucha de palabras, un instinto de lanzar palabros al aire. Mi amigo sintió a veces la excitación de gritar por la Gran Vía: «Estoy esjonzao, tú», «¿tienes azogue o qué?», «menuda rescodera», «¡peazo crillas!»., «ya te has esclafao», «¡no me joas!», «agarejo», «caganios», «follapavas», «arrematar», «majincar», «regomello», «remor», «cagalera», «¡mayiá!». Si esto ocurría, miraba de reojo un señor con capa y tirantes que pronunciaba las eses que hacían daño. De todas formas, si algo hay que sea «igualico» a Bullas es que estamos, más o menos, a la misma altura a nivel del mar. El frío, el mismo. En Madrid, uno de Bullas acaba sintiéndose a gusto, pero con tanto tiempo sin desahogar la mirada en el horizonte de un campo, uno se siente un poco preso de edificios. Cuando regresábamos para el Sur, le dije a mi amigo en el coche: «¿Se nos notará el pueblo en la cara?». Su bostezo me dio la respuesta.