José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Aunque la iconografía josefina medieval es muy pródiga en imágenes de San José, lo que significa que el culto y la devoción al Padre de Jesús es muy antigua, quien popularizó y difundió esta devoción fue Sta. Teresa de Jesús en el S. XVI quien, entre otras cosas, dedicó las iglesias de algunos de sus conventos al Santo Patriarca, como sucede en Ávila o Caravaca por ejemplo. La propia Santa regaló una imagen de San José a sus monjas de Caravaca, imagen que menciona en sus cartas 144 y 150, tallada en madera por un bienhechor anónimo de Toledo, que la comunidad conserva en su nuevo convento y que estuvo en Caravaca durante más de cuatrocientos años, hasta que las monjas decidieron abandonarnos y llevarse consigo tradiciones, costumbres y bienes patrimoniales que, aunque nadie discute su propiedad, fueron cedidas al convento de Caravaca y no al convento de otro lugar.

Las devociones piadosas populares en torno a la figura del Patriarca S. José han sido diversas y se encuentran diseminadas por todo el mundo católico. Entre ellas la propia onomástica del mismo, coincidiendo con el inicio de la primavera, precedida de un novenario que convocaba en Caravaca a mucha gente en la iglesia de su nombre de la C. Mayor, así como la fiesta litúrgico-popular de los Desposorios de S.José celebrada en la misma iglesia del convento carmelita caravaqueño, en el mes de noviembre de cada año, y de la que sabemos a través del periódico local EL HERALDO de 14 de noviembre de 1915, el cual relata: «La piadosa congregación del culto perpetuo y Corte de S. José celebraría el domingo 21 de los corrientes, en la iglesia de las religiosas Carmelitas la función de los Desposorios del Sto. Patriarca de la forma siguiente: A las 7´30 Misa de Comunión General, aplicada en sufragio de las almas de los congragantes difuntos. A las 9 Misa Solemne con exposición de Jesús Sacramentado, aplicada por al buena muerte de los asociados, en la que será orador sagrado un P. Carmelita. Por la tarde, a las tres, los ejercicios mensuales del Santo». Ni que decir tiene que todos los cultos referidos concluyeron incluso antes de la partida de las monjas, y en la actualidad no queda ni recuerdo de ellos.

Sin embargo sí que permanece en activo, con mayor o menor vigencia entre las clases sociales más piadosas, aunque languideciendo en la actualidad, la práctica otrora generalizada entre la población, de los denominados Siete Domingos de San José.

La práctica piadosa tiene flecos del metodismo cartesiano dieciochesco, a la hora de sistematizar y periodizar actividades a las que la Iglesia Católica ha sido tan aficionada. Ejemplo de ello son los Nueve Primeros Viernes de mes, los Martes de San Nicolás y los Sábados Marianos entre otras, además de ésta referida a los Siete Domingos de San José, que popularizaron los carmelitas (frailes y monjas) no solo en Caravaca y en España sino en todo el orbe cristiano a lo largo del tiempo, desde el S. XVI a nuestros días.

Quienes practican esta devoción tienen la obligación, durante los siete domingos previos a la fiesta litúrgica del Padre de Jesús (19 de marzo como se sabe), de confesar y comulgar en esas fechas en cualquier templo (y no precisamente carmelita), y asistir al acto eucarístico vespertino, en el templo de su elección, en el transcurso del cual, tras la Exposición Mayor del sacramento de la Eucaristía y rezo del Rosario, se rezaban los denominados Siete Dolores y Gozos del Santo Patriarca. Entre los dolores: la circuncisión de su Divino Hijo, la Huida a Egipto, la Pérdida del Niño Jesús en el templo etc. Y entre los gozos: el Nacimiento, la Adoración de los Magos y otros. La ceremonia en algunos lugares era cantada a gran orquesta, como sucedía en la Iglesia del Salvador, interviniendo al órgano el recordado José El Sacristán, y entre los cantores el clérigo D. Santiago Ramón y el sochantre Ginés Hita, con música compuesta a tal efecto por músicos locales como D. Alfonso García o Mateo Joaquín Nogueras entre otros, durante muchos años. La ceremonia concluye (donde aún se celebra), con la bendición del Santísimo, constituyendo todo ello una excusa social para justificar la salida vespertina, sobre todo de las mujeres, a quienes las costumbres sociales tiempo atrás relegaban al domicilio familiar si no había razones de tipo religioso para salir de aquel. Ni que decir tiene que, para muchos jóvenes, la asistencia a esta práctica, como a los novenarios o simplemente al Rosario vespertino, constituía la única ocasión para verse con la persona amada a la que pretendían en silencio, o comunicarse con ella mediante mensajes orales o escritos para lo que utilizaban a las criadas o a las alcahuetas que se prestaban a ello. Las cosas han cambiado mucho, como convendrá conmigo el lector, y de todo lo dicho queda, para quien lo sigue haciendo, la práctica de los Siete Domingos, que concluyen el próximo día 19.

Para terminar, recordaré al lector que, junto a la imagen del Patriarca S. José que Sta. Teresa regaló a la comunidad carmelita femenina de Caravaca, y que en su día se llevaron las monjas a su nueva ubicación, también se llevaron consigo otra moderna de gran devoción entre las gentes, de 1940, la cual presidía desde su camarín el retablo mayor de la iglesia, obsequio en esa fecha a la misma, del industrial chocolatero caravaqueño Enrique López Bustamante, para cuya entronización se organizaron unas fiestas íntimas que tuvieron lugar durante los primeros días de marzo del citado año 1940, y de las que queda recuerdo en la memoria de los mayores por una estampa que se publicó entonces con tal motivo.

Lástima que los Siete Domingos de San José no se puedan celebrar en la actualidad ante una u otra imagen, las cuales formaban parte (aunque sin ser piezas de calidad artística excepcional), del patrimonio cultural caravaqueño.