Pedro Antonio Martínez Robles

Solía llegar al atardecer, o en las primeras horas de la noche. Había en las calles entonces un sosegado silencio, no la estridencia desagradable a la que hoy estamos acostumbrados, y apenas percibimos ya, por ese trasiego inacabable de automóviles y motocicletas que revientan el aire con los altísimos decibelios de sus tubos de escape. Y no es que no hubiera ruido entonces, que lo había; pero era un ruido amortiguado que casi rozaba un sereno silencio; era el ruido calmo de la vida de aquella época que nos tocó vivir. Y él, el lechero, solía llegar en las últimas horas de la tarde o en las primeras de la noche con sus cántaras de leche y su ruido característico. Usaba como reclamo un silbato con un sonido muy agudo que podía escucharse en todo el barrio. Alguien me dijo que aquel silbato no era otra cosa que un hueso de albaricoque limado por uno de sus cantos al que le había vaciado el gajo de la semilla de su interior, y yo lo creí y durante varios años de mi infancia me apliqué cada verano en la tarea de fabricarme un silbato como aquel, con un hueso de albaricoque, al que finalmente no conseguía sacarle ninguna nota. A la llamada del lechero acudía su clientela habitual con sus pucheros en la mano para que el hombre pusiera en ellos la leche recién ordeñada, la que nuestras madres ponían a hervir en el fogón hasta dejarla subir tres veces como prueba inequívoca de que podía consumirse sin ningún riesgo. Recuerdo a mi madre junto al hornillo controlando la intensidad del fuego, pendiente de aquella espuma densa que hacía entonces la leche cuando se la ponía a hervir, cuidando que no se desbordara cuando aquella nata iniciaba su ascenso, para lamentarse luego, tantas veces, cuando a última hora, y tras estar atenta durante todo el proceso de la cocción, alguno la distraíamos y la leche acababa vertiéndose por los bordes del puchero.

Hace muchos años que los lecheros dejaron de servir la leche recién ordeñada a su clientela habitual; ahora viene en cartones de Tetra Brik o en botellas de plástico por una cuestión sanitaria; dicen que es más seguro, más higiénico, más saludable, y yo, sinceramente, lo dudo. Tampoco es necesario hervir la leche para comprobar que puede beberse sin problemas; ahora viene higienizada, pasterizada y con todas las advertencias de salud y recomendaciones de uso escritas en el envase, como si nunca hubiéramos bebido leche y no supiéramos cómo tomarla y conservarla. Tampoco tiene aquella espuma aromática que veíamos ascender en el puchero cuando la poníamos a hervir, y, por supuesto, tampoco tiene el mismo sabor que yo le recuerdo.

Cada vez me cuesta más entrar en mi casa materna, cerrada desde hace ya dos lustros; la casa en la que nací y en la que pasé esos años en que la vida nos empapa de todas sus cosas más simples que, a lo largo del tiempo, acaban siendo las que más nos llenan. Pero cuando voy allí, a mi casa y a mi barrio, sobre todo si es al atardecer, o en las primeras horas de la noche y la fortuna me regala unos minutos de silencio y soledad, sin el incordio ensordecedor de los coches y las motocicletas, me vienen de golpe todos aquellos ruidos sosegados de la infancia que había en mi calle y veo, muy dentro de mí, pero con mucha claridad aún, al lechero escanciando con su cacillo la leche de sus cántaras en los pucheros de sus parroquianas, y oigo su silbato de hueso de albaricoque, y sueño que el tiempo no ha pasado y que en mi casa la vida sigue igual que siempre, con los mismos ruidos que tenía entonces.

 

16 de agosto de 2021