José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Como cuestión previa dejaré claro que los municipales a que me refiero en este texto son los de la posguerra, y que cualquier parecido con el actual cuerpo de la Policía Municipal sería pura coincidencia, como el lector podrá apreciar.

Homenaje a los municipales en el Ayuntamiento

Homenaje a los municipales en el Ayuntamiento

Se trata pues, de aquel grupo de doce guardias que en los años cuarenta, cincuenta e incluso sesenta del pasado siglo, cuidaban como podían del orden y de la seguridad ciudadana, en condiciones que hoy parecerían rallar en el esperpento.

Vestían uniforme gris, hacían jornadas de trabajo de veinticuatro horas y estaban comandados por José, conocido en la población como El Parrala,un hombre con serios problemas de lectura y escritura. De aquellos trece municipalesno vive ninguno en la actualidad, pero nos guiarán los recuerdos de Felipe Sánchez Vázquez, quien entró al cuerpo, como interino, en 1960, teniendo por compañeros al ya citado Parrala, a Juan Torrecilla Hidalgo, Antonio Moya el Pecao, Fernando Bermúdez, José Marín, José Quintana, Nicolás Sánchez, Juan Martínez el Peruelo, Julián Martínez el Capitán Quincalla, Juan José Moya y Juan Pedro.

Felipe nació el 1º de noviembre de 1920, en el seno del matrimonio formado por Domingo Sánchez Picón (guarda en el Llano de D. Miguel Carrasco), y María Vázquez López, siendo el segundo de los tres hijos del mismo. Aprendió las primeras y únicas letras de un maestro ambulante, de oficio principal carbonero, oriundo de Fortuna, conocido como José el Cebolla, quien poco más podía enseñar que a leer y escribir por el campo y caseríos de la huerta.

Formó parte de la denominada Quinta del Biberón, última movilizada en las postrimerías de la Guerra Civil, integrándose en una brigada de choque que recorrió, durante un año, toda la denominada zona roja. Al terminar la Guerra fue recluido en la Plaza de Toros de Albacete, habilitada como improvisado campo de concentración del que fue librado por su tío Pascual Sánchez Picón, bien relacionado políticamente en la capital manchega.

En 1946 contrajo matrimonio, en Barranda, con Gloria Gómez Martínez, estableciendo el domicilio familiar primero en aquella pedanía, luego en el paraje de Los Miravetes y, finalmente en Caravaca donde, después de trabajar algún tiempo en la agricultura y traer al mundo a sus hijos Domingo y Encarna, entró como interino den la Guardia Municipal siendo alcalde el médico D. Ángel Martín Hernández.

Tras año y medio como interino hubo de sufrir la preceptiva oposición, cuyos ejercicios se celebraron en el Ayuntamiento ante tribunal presidido por el propio Alcalde. A dicha oposición se presentaron dos interinos y siete libres, la cual ganó Felipe con el número uno, siendo la primera vez que se cubría una vacante mediante este sistema, ya que hasta ese momento la manera de acceder al cuerpo era mediante recomendación. En los exámenes se les preguntó a los opositores por los nombres del Gobernador Civil y del Presidente de la Diputación Provincial, así como por las obligaciones del policía municipal y los límites de España.

Las primeras experiencias del ya agente Felipe Sánchez, quien comenzó con un sueldo mensual de 866 pts, tuvieron que ver con la gorra como única prenda de un inexistente uniforme. El atuendo, que había fabricado a medida de anteriores guardias el reputado sastre local Juan Sánchez Alemán, en su taller de la Pl. Nueva, pasaba de unos guardias a otros por fallecimiento o jubilación de los anteriores. Felipe heredó sólo la gorra de Ponce, ordenanza municipal con derecho a una nueva, pero le venia grande y fue necesario sujetarla a su cabeza con papel de periódico, lo que le jugó alguna que otra mala pasada. A los dos años heredó el uniforme de Antonio Paulina, que se fue a la Guardia Civil.

Durante sus primeros años en el Cuerpo, la jornada de trabajo era de 24 horas diarias. Un secretario municipal consiguió para ellos un día de descanso a la semana que un posterior alcalde suprimió, habiendo de pleitear por la devolución del derecho al descanso ya adquirido. Con el tiempo, el horario se racionalizó, estableciéndose tres turnos rotativos: de 10 de la noche a 6 de la mañana, de las 6 a las 14 y de las 14 a las 22. Ni que decir tiene que el servicio de vigilancia urbana se hacía andando hasta que, pasado mucho tiempo se les hizo entrega de un coche Renault 4L de color azulado, que sólo sabían conducir Felipe y Quintana hasta que para el resto fue obligado obtener el carnet preceptivo. Con posterioridad al 4L la policía local dispuso de un SEAT 124 Ranchera con el que ya subían al Castillo para patrullar la ciudad desde allí, a vista de pájaro.

                       También con el tiempo se produjo la jubilación del Parrala, ocupando su puesto como cabo comandante de puesto Fernando Bermúdez. Los casos a atender no fueron casi nunca de importancia mayor: multas a ciclistas que circulaban por la C. Mayor, persecución de máscaras durante los días del Carnaval, prevención de la circulación vial en paralelo y “paquetes” en el portaequipajes de la bicicleta entre un largo etcétera que hoy consideraríamos de envergadura menor. Sin embargo, Felipe recuerda su actuación policial en el asesinato de un miembro de la familia gitana de Los Ronos, así como en el caso de la electrocución de tres personas en un domicilio de la C. Planchas; o cuando en Arroyo Tercero un joven mató a su novia suicidándose después, suceso que motivó el interés del diario El Caso y el desplazamiento a Caravaca de la periodista Margarita Landi, a quien Felipe recuerda haber atendido. También recuerda a manera de anécdota alguna multa por aparcamiento indebido, por lo que luego hubo de disculparse por tratarse de gente influyente. Así como los tres primeros cepos enviados desde el Gobierno Civil para inmovilizar coches mal aparcados, a cuyos dueños se les aplicaba el Artículo 292 bis del Código de la Circulación vigente.

Entre sus obligaciones no reguladas Felipe, y también sus compañeros, entregaban en el retén las denominadas Cajas de Parto a mujeres embarazadas, con el material indispensable a la hora de dar a luz a sus hijos.

El retén o Cárcel de Cabeza de Partido, como aún se puede apreciar sobre la entrada al viejo cuartelillo de la Pl. del Arco donde entonces residía la Policía Municipal, era un espacio angosto y lúgubre, provisto de tres calabozos inmundos, mugrientos y oscuros, con un plinto de obra para disponer la colchoneta. Los presos allí detenidos por orden del alcalde o del juez, recibían una gratificación económica diaria con la que se sufragaban su propia comida, que los guardias se encargaban de contratar en algún bar próximo.

La Policía Municipal dependía directamente del Concejal de Orden Público quien, pasados los años, consiguió la entrega de motos para patrullar, lo que sucedió en el momento en que se produjo la jubilación de Felipe, en 1986, ya en plena Democracia, siendo alcalde Pedro García-Esteller Guerrero, de cuyo Ayuntamiento y compañeros recibió el correspondiente homenaje de despedida, cuyas fotografías adornan la salita de estar de su casa en la C. Iglesias.