Pascual García   (garciapascual@hotmail.com)

Los hombres que iban a segar tallo o espliego al monte se levantaban a oscuras, aparejaban el burro o la mula y se dirigían al lugar del tajo, mientras pintaban en el horizonte las primeras luces del día. A veces recalaban en algún bar y tomaban un café y un par de copas de coñá para entrar en calor, pues los inviernos eran gélidos y la sierra resultaba tan agreste como fatigosa en extremo.

Eran hombres aguerridos y broncos, de una fortaleza indudable, con manos de piedra habituadas a agarrar los ásperos romeros o arrancar el esparto. En ocasiones cargaban ellos mismos con los haces de tallo hasta la caldera más próxima donde los pesaban  y les pagaban las arrobas obtenidas y donde se destilaba la fragancia de esa planta que siempre simbolizó la pobreza en mi niñez, porque la exhalaban todos los que vivían del sudor de su frente en los trabajos más duros.

Yo los veía regresar con la ropa de faena, cansados y heroicos y sentía una admiración primitiva, magnífica por aquellos titanes de la sierra, cuyo poderío físico era evidente. Se traba de hombres de otro mundo, frugales y espartanos, valerosos y hoscos, aunque salieran todas las noches a beber unos chatos de vino con los amigos y regresaran tarde y, en ocasiones esquilmados por el alcohol, aunque blasfemaran en voz alta y tuviesen pésimos modales y gritaran por cualquier minucia. Sin embargo, no faltaban nunca a su cita con el amanecer en el monte, con su labor de segar romero y espliego y extraer de la naturaleza los frutos que les permitieran seguir viviendo. No tenían sueldo fijo, desde luego. Eran aventureros del jornal, pero eran libres e independientes.

De paso hacia la escuela o al instituto, mientras el frío nos fustigaba inclemente en las calles de mi infancia en Moratalla, me iba encontrando con aquellos mercenarios de la sierra, con poca ropa, rostro hirsuto y ojos hundidos en los que brillaban el sufrimiento y una resolución de supervivencia a partes iguales, porque sólo tenían sus manos para sacar adelante a los suyos y nadie se lo iba a impedir mientras la sierra y el monte les ofrecieran una oportunidad.

Cada vez que acompaño a mi mujer y a mi hija a una perfumería para comprarles un frasco de colonia o un cosmético cualquiera, me acuerdo de los hombres que segaban el tallo y el espliego en Moratalla durante mis primeros años, mientras soportaban todas los rigores climatológicos y proveían al encargado de la caldera del producto necesario para destilar la esencia y elaborar medicinas, perfumes y ungüentos varios. En mi memoria comparo su imagen desaliñada, modesta y férrea, donde la fatiga velaba sus rostros de una capa traslúcida y borrosa con los aromas delicados, los objetos caros y brillantes, el ambiente confortable y ostentoso de una perfumería.

Mis hijos desconocen, como tanta gente en las ciudades,  el sacrificio de los que se levantaban en plena noche, antes de que amaneciera, aparejaban los burros o la mula y se internaban en la sierra con una hoz cruzada en la correa de los pantalones a la espalda y el almuerzo en una bolsa, mientras el cielo iba mostrando la esperanza del nuevo día.

Siempre admiré su entereza y sus agallas, la inquebrantable voluntad de aquellos hombres que no escatimaban esfuerzos para sobrevivir cada día, para traer el jornal a sus familias y defender su hombría de bien. Es verdad que por la noche abusaban del vino con los amigos y, en ocasiones, se acostaban tarde, pero nunca faltaban al encuentro  con el amanecer en la sierra, como criaturas condenadas a extraer del monte humilde el oro de una esencia que les haría más feliz y placentera la vida a los otros.