Pedro Antonio Martínez Robles

Hace tiempo que rueda una imagen por eso que hoy llaman “los medios” y que despierta la nostalgia en muchos que apenas se reconocen en ella. La fotografía fue tomada hace más de cincuenta años y yo soy capaz de identificar casi todas las caras que ya no son como eran. Ha pasado más de medio siglo: toda una vida para algunos y más de una vida para otros. En una modesta escuela que llamaban de “Los Monaguillos”, porque estaba ubicada en la parte superior de un edificio anejo a la iglesia de La Merced, convertido hoy en casa parroquial, poco más de una veintena de chiquillos nos reuníamos en lo que han dado en llamar “escuela unitaria”, con alumnos que compartíamos edades muy diferentes, que iban de los 8 o 10 años hasta los 14, todos bajo la instrucción de don Antonio Jesús Sánchez Ramos, un maestro adelantado a su época que, creo recordar, era mánager del grupo músico-vocal Los Gringos, y un apasionado de la fotografía, con grandes logros personales. Mesas largas, bancos corridos, un par de ventanas sobre la placeta desde la que subía el trajín permanente de una carpintería, y la mesa del maestro bajo el hueco de una escalera que conducía hasta el terrado y donde decían que había un retrete que nunca vi. Un cuarto sencillo y recogido que lo mismo podía servir para escuela del momento, que para pequeña sala de reuniones parroquiales, o para desahogado salón de una casa familiar.

Allí, en aquella escuela de los años 60, se impartían al mismo tiempo las enseñanzas de 1º, de 2º, de 3º, y hasta de 6º de Primaria y se aplicaba una disciplina incomprensible para cualquier alumno de hoy, que implicaba severos castigos al uso de la época, en la que estaba en pleno vigor esa máxima tan antigua que dice: “La letra con sangre entra”. Tenían los maestros para las correcciones, desvíos y faltas de atención de los alumnos, unas temibles palmetas que hacían temblar a los chiquillos solo con avistarlas. La de aquella escuela tenía un color tostado, viejo, como de vara de sastre, y una empuñadura muy pulida donde se acoplaban perfectamente los dedos de la mano; me acuerdo bien porque, por esas cosas del azar, aquella palmeta acabó en mi casa. No abundaré en los detalles de su extravío y su hallazgo, aunque los recuerdo perfectamente; sólo diré que fue mi hermano Juan Carlos quien la localizó en manos de un compañero de clase, y cuando informó al maestro de su recuperación, éste le dijo: <<No te preocupes. Ya me han hecho otra>>. Y aquella palmeta que tantos suplicios causó, terminó sus días en mi casa convertida en parte de un instrumento de música navideña.

Para no perdernos en digresiones que nos aparten del motivo de esta exposición, regresaremos al ámbito de los castigos y el ingenio infantil para atenuarlos. Se extendió la ingenua creencia entre los chiquillos que afirmaba que frotándose las palmas de las manos con ajoporro los palmetazos dolían menos, que casi no se sentían, y era frecuente ver a más de un crío trepando entre los pedregales de la Sierra de San Miguel, frente al desaparecido Barranco de los Burros, buscando ese ansiado ajo silvestre, que de nada servía, salvo para recibir ración doble de palmetazos cuando el maestro advertía que el alumno castigado había tomado la precaución de restregarse en las manos el bulbo del ajoporro. De cualquier manera, la falacia del consuelo del ajoporro como bálsamo preventivo se mantuvo vigente muchos años, pues después de recibir el castigo, si algún compañero preguntaba: <<¿Te ha dolido?>>, el que había recibido aquella particular medida correctora, respondía: <<¡Qué va! ¡Qué va!>>, aunque realmente estuviera rabiando de dolor. Pero ya sabemos que, como casi todo en esta vida, los remedios que más curan son aquellos en los que depositamos toda nuestra fe.

 

 

 

27 de septiembre de 2020