PASCUAL GARCÍA

El otro día presencié una escena inolvidable. Una madre recortaba los bordes de un sangüi de jamón y queso a su hijo. El pan era de molde, de una marca habitual que empezó a darse a conocer durante mi adolescencia, pero que nada tenía que ver con el pan de horno del Domingo o, más tarde, con el pan del Chaparro, aunque el prestigio de aquel nuevo pan procedía de la tele, de los anuncios y de una ternura alimentaria que contrastaba con la recia y exquisita corteza de las barras y los panes a los que todos estábamos acostumbrados, eso sin aludir al pan que se amasaba en los cortijos y que cada familia horneaba una vez a la semana, aquel pan del Salto que yo comí con apetito y fruición durante mis días de estancia con la familia en el viaje a pie que hice con mi padre a la sierra cuando contaba apenas ocho años.


Reconozco que me quedé pasmado ante la imagen de la madre recortando los bordes de un pan que, en realidad, no tiene bordes, pues, aunque parezcan más oscuros y de una textura diferente, es solo el color y la apariencia, porque ese pan, si se le puede denominar así, es todo molla, blando, ligeramente azucarado y muy poco consistente, pero cómodo, fácil de deglutir y apto para esa generación de cachorros que todavía no se han ganado su primera papilla.
No pude por menos entonces que acordarme de aquellas puntas de las barras, rocosas y con aroma a leña o de las esquinas de los panes, que mi madre cortaba y rellenaba con tomate y atún, con embutido bueno del Campo de San Juan o con paté y me ofrecía a finales de la tarde, cuando regresaba de la escuela, hambriento y fatigado. Desde luego, uno es en buena medida lo que come y cómo es lo que come. Me dije entonces que las cosas habían cambiado demasiado si aquella madre se veía en la obligación de recortar un poco más las natillas de aquel simulacro de pan, que se desharía en la boca del niño como si fuera la hostia que nos ofrecía el sacerdote en la Comunión.
Me pregunté si con tanta blandura terminarían por no tener necesidad de los incisivos que muerden, los colmillos que desgarran y las muelas que trituran, porque con el paso de los años todo sería una pasta tierna y delicada, un engrudo que bastaría con tragar como se traga un yogur o un queso cremoso.
Me vino a la cabeza entonces aquellos pedazos de pan del día anterior, que olían y sabían a pan, sobre los que colocábamos un trozo de jamón o de tocino, mientras sujetábamos un tomate rojo, duro y suculento en el hueco de la mano que quedaba vacío y una pizca de sal sobre el pulpejo, todo dispuesto según un orden y un equilibro perfectos, como perfectas eran las ganas de comer en aquellas tardes frías de noviembre en tanto golpeábamos una pelota rota e íbamos cortando con una navaja tajadas de magra o tocino y porciones de pan, acompañados del tomate sobre el que poníamos un poco de sal.
Indudablemente había que ser un experto en la manipulación y en las viejas maneras campesinas de la comida, que no eran como las que nos venderían más tarde en la televisión.
Había decoro en las formas, elegancia de la tierra y educación; por eso, nos comíamos las migas en riguroso orden, entrando y saliendo con respeto del ámbito de la sartén que alguien había colocado sobre un tiznero.
Como si fuera un ritual. El pan, la carne y una navaja. Otros tiempos.