JOSÉ MARQUÉ

Pronto se cumplirán dos años desde que dimos el salto al veganismo. Primero lo hizo mi hermana, después se apuntó un servidor. Lo de no comer, comprar o consumir nada de origen animal parecía imposible, pero ese sentimiento de incertidumbre y duda duró, en mi caso, cuatro días. No puede ser más sencillo. Y de salud ni hablemos. Los resultados de mis análisis son más que alentadores. Puedo decir sin miedo a equivocarme que estoy mejor que antes, al menos en lo que respecta a mi nutrición.

Aún con todo, no me siento integrado en el colectivo y no me gusta que la etiqueta vegano me defina. Yo soy yo, contengo multitudes y todo eso que se dice para dejar claro que se es un individuo. Y digo esto a raíz de un vídeo en el que varios jóvenes dejaban rosas sobre paquetes de hamburguesas y lomos a modo de homenaje, supongo, a las víctimas del carnicero. Que nadie me relacione con esa gente sin sentido del ridículo. Soy de los que cree que para convencer hay que persuadir, como diría Unamuno, no hacer el chorra en los supermercados. Defendáis la causa que defendáis, no hagáis este tipo de idioteces, por favor. Usad el don de la palabra, que da mejor resultado.