Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Avanza el otoño en mi memoria por aquellas calles empinadas del Castillo, mientras golpean los primeros aires violentos contra las chiNieve en Moratalla (foto Enrique Soler)o. Vuelvo de la escuela y anochece muy pronto, porque la luz se nos va en un prodigio del cielo y debemos apresurarnos Calle Mayor adelante, ungidos por el frío y el crepúsculo, mientras van encendiéndose a nuestro paso las luces de los escaparates, las farolas y algunas bombillas de ventanas y balcones. Hay una urgencia en el atardecer, como una huida de la intemperie y una búsqueda del refugio cálido que nos aguarda a cada uno en nuestra casa. Nos gusta el frío, porque nos anticipa el placer de los troncos quemados en la chimenea de mis abuelos junto al fuego, recogidos y eternos como una estampa de la cercana Navidad.
Cuando me vean entrar en la casa, me llamarán desde la cocina con un tono de mimo en sus voces antiguas y evangélicas. Me esperan cada día para que me acurruque junto a ellos y disfrute del milagro prehistórico de las llamas y de su secreta caligrafía de luz y de humo. En realidad, me esperan porque les gusta que los acompañe, que les cuente mis cosas o que les lea en voz alta alguno de los textos de mis libros escolares.
Mi abuelo menea la cabeza con asombro y mi abuela sonríe satisfecha. Reconocen en la seguridad de mis palabras de niño el destino afortunado del hombre y se congratulan por todo lo bueno que me tiene reservado el porvenir.
Bufa el viento en la calle y mueve de un lado para otro papeles, plantas secas y tierra. El Castillo se encuentra junto al monte y a la huerta y es casi naturaleza misma, porque Moratalla parece un navío imperial varado entre las sierras, rodeado de árboles y peñas, iluminado por un cielo agreste que amenaza de continuo con el frío, con la lluvia o con la nieve. Jamás me he cansado de contemplar su perfil desde la carretera que nos mete en sus primeras calles y, de repente, nos deja en un espacio legendario, diferente. En una especie de sueño de calles retorcidas y bellísimas que no parecen ir a ninguna parte pero que terminan llevándonos a lo más alto, a la balconada desde donde Dios pudo contemplar el mundo recién creado a su antojo.
Cada anochecer arrecia el frío, que en este pueblo no tememos, porque el frío nos corre por las venas y cuando llega la noche, lo dejamos en la calle, le cerramos la puerta y avivamos la chimenea o la pequeña estufa de troncos, y nos sentamos a esperar las sombras con la paciencia milenaria de los que nacieron esperando una revelación o un mesías.
Menudean las conversaciones entre los hombres sobre las cosechas y el mal tiempo, mientras las mujeres se afanan en la cocina y van poniendo la mesa para la cena. Mi abuelo refiere la historia de una terrible nevada en la sierra, en el cortijo de dónde proviene la familia, y nos cuenta los pormenores de aquellos años difíciles y austeros, dedicados a la supervivencia y al trabajo duro. Y yo tomo nota, aunque no escriba nada, porque sospecho que alguna vez, andando el tiempo, voy a contar todo esto de una manera o de otra, no porque sea útil, sino porque es hermoso y pertenece a mi memoria emocional y, si soy capaz de convertirlo en literatura, merecerá la pena compartirlo con los otros.
Nos arrimamos a la lumbre, que ilumina también el espacio acogedor de la cocina. Ruge el viento helado en la calle y repiquetean las primeras gotas en los cristales de la ventana.
Llega el invierno.