ANA ANDÚJAR

Sentirse imbécil por diferentes motivos es algo común e innato al ser humano, que tanto ejercicio hace de autoconocimiento y reflexión. A vAlejandro Vilaseces pasa cuando hacemos algo bien, ayudamos a alguien que no se lo merece, echamos una mano que no se nos pide, o pagamos ciertos tributos públicos que pensamos que le harán bien a alguien, aunque sea a nosotros mismos en nuestra ingrata vejez. Las personas encargadas de gestionar esos bienes del futuro, en las que ahora confiamos más bien poco, deberían tener la responsabilidad de ser consecuentes con las demandas de un más que cansado pueblo. El problema es sentirse imbécil una y otra vez, después de apostar por una administración que nos debe un servicio y que, aunque lo sospechemos de antemano, termina siempre por sorprendernos cuando nos abandona en nuestra más profunda necesidad.

Desgraciadamente cada día vemos cientos de ejemplos: desahucios ejecutados por autoridades locales como perros de presa de rancios bancos arruinados, bajadas de sueldos a funcionarios, estigmatizados por tener un trabajo que parecen no merecer, escuelas y hospitales de nivel tercermundista sobreviviendo de los estipendios gubernamentales, que dan a regañadientes, en dos servicios que tan “poco beneficio” plausible ven a corto plazo, padres de familia y universitarios que van a ir a la cárcel por manifestarse libremente, como permite una democracia que cada vez lo parece menos. Lo vemos todos los días en las noticias, y casi nos estamos acostumbrando al dolor. Pero cuando llegan dramas cercanos, que no son sino pequeñas muestras de lo que es un gran problema nacional, despertamos de nuestra indignada pasiva inercia.

Alejandro Vilas es natural de San Fernando, fue compañero de promoción de la facultad de Periodismo y tuvo que largarse a Brighton a buscarse la vida cuando el panorama laboral le pegó una patada, como tantos otros. De familia honesta y humilde, tuvo que vivir una de las peores experiencias que una persona debe vivir jamás: la de perder a un ser querido y verse totalmente desprotegido por un gobierno que más a menudo de lo que debería, demuestra que las personas dejamos de ser números únicamente cuando olemos a voto, pero que cuando tienen un problema grave, son llaneros solitarios que deben afrontar sus propias desventuras.

El padre de Alejandro trabajó como jefe de máquinas de barcos hasta que un accidente laboral, del que no se sabe demasiado, acabó con su vida en Namibia esta pasada Semana Santa. Las circunstancias que rodean la repatriación de su cadáver las ha podido contar Alejandro casi tres meses después en el periódico “Andalucía Información”, con un testimonio tan desgarrador como indignante. “Si eres español nunca mueras un día de fiesta”, dice Alejandro, y no le falta razón. Tras el accidente de su padre en su lugar de trabajo, el Jueves Santo la empresa llama a su familia para notificar la muerte, pero no da ningún dato más hasta el día siguiente. Horas de angustia en las que no se entiende la falta de humanidad del otro lado del teléfono. Ya el Viernes Santo, se intenta contactar con la embajada en Namibia, la naviera Freiremar y la administración local. Todo son largas y malos modos, incluso acusaciones de rapiña por el dinero del seguro, olvidando que trataban con una familia destrozada. Alejandro y su madre consiguen viajar a la ciudad africana después de muchísimos problemas y trabas por parte de la empresa y la administración, pero allí les esperaba otro infierno: en el que el dinero y la desidia reinan sobre la moral y la dignidad humana. Autopsias amañadas, mandamases que no contestaron el teléfono hasta que no oyeron revuelo en las redes sociales, embajadas que no sirven para nada y hasta riesgo de su integridad física en un país hostil, todo eso tuvieron que sufrir para rescatar el cuerpo de su padre, el cual murió un 16 de abril y hasta el 5 de mayo, 20 días después, no llegó a su hogar en Cádiz.

Si el relato es confuso, recomiendo leerlo entero en el medio anteriormente citado. Alejandro Vilas es sólo un pequeño ejemplo de cómo se siente un ciudadano cuando el gobierno al que le paga y elije le da de lado cuando realmente lo necesita. Llaneros solitarios en un desierto que siempre ha sido duro, pero que ya no reconocemos.