Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)        

A principios de curso los maestros nos daban la lista de los libros y mis padres me los compraban en alguna de las dos únicas librerías de Moratalla, que ya se habían provisto del material conveniente, como correspondía a la temporada escolar. Luego, en un ejercicio de nostalgia irremediable, los he ido hojeando en la casa de mis padres, polvorientos pero todavía útiles, porque teníamos la precaución de forrarlos con plástico, metidos en grandes arcones junto con libretas y carpetas de apuntes, y he visto el precio marcado en la primera página. Manuales de geografía e historia, de lengua y literatura, de matemáticas, de física y química, de dibujo, de religión y hasta de deporte; cientos de páginas en vano, inservibles, excesivas e inutilizadas durante los años para los que fueron adquiridas, pues nunca, que yo recuerde, se abrió en clase el libro de matemáticas o el de física y química, sino que el maestro en la escuela o el profesor en el instituto impartía unos pocos apuntes y sobre esa base teórica íbamos realizando los ejercicios que, con otros datos pero con idénticos planteamientos, saldrían en los exámenes en su día.

No recuerdo haber abierto nunca el libro de dibujo o expresión plástica y, menos aún, el de educación física, aunque los maestros insistían, porque las normas escolares eran claras en esto, que los alumnos los llevaran a clase como se lleva un objeto de culto al que veneramos pero del que lo desconocemos casi todo.

En Caravaca, mientras estudiábamos BUP y COU ocurría otro tanto, pero jamás escuché a mis padres quejarse por este excesivo desembolso anual, antes al contrario, el modo más directo y sencillo de obtener un poco de liquidez en aquellos años de precariedad económica constituía precisamente en solicitarles la cantidad necesaria para hacerme con un libro imprescindible, para realizar unas fotocopias o para cualquier otra clase de gastos de índole escolar o universitaria. Mis padres nunca me negaron el dinero para esos gastos, tal vez porque intuían que eran casi sagrados y que en un futuro no muy lejano me resolverían la vida y, de paso, me harían más feliz y más fuerte. Era una especie de inversión a medio o largo plazo, cuyo beneficiario sería yo y, de paso, también ellos.

Ahora yacen en el fondo de las arcas y de los grandes cajones de cartón aquellos libros de texto que se correspondían con cada una de las materias, pero que no siempre fueron indispensables, porque al maestro o al profesor, como nos sucede a mi esposa y a mí, no les hacía falta para llevar a cabo su tarea con éxito más que una pizarra y toda la atención y las ganas de aprender de sus alumnos para enseñarles lo necesario que incluyen los programas de cada curso. De hecho, durante el servicio militar, una vez había pasado el periodo de instrucción, les di clase por las tardes a unos grupos de soldados que no tenían la titulación básica, lo que por entonces era el certificado o el graduado escolar, y para ello no necesité programas, libros de texto, unidades didácticas ni otras zarandajas pedagógicas para las que ni ellos ni yo teníamos tiempo. De vez en cuando venían los inspectores y los examinaban en el vasto comedor del regimiento.

La mejor prueba de que muchos de ellos aprobaron, obtuvieron su diploma y sacaron algún beneficio de aquel tiempo muerto de guardias aburridas, de cuarteles malolientes y de ranchos abominables fue que, de vez en cuando, en los bares o discotecas de los alrededores, los camareros no me dejaban pagar una copa o una cerveza, porque alguien, un individuo anónimo y agradecido ya lo había hecho antes por mí.

Es verdad que los libros de texto son muy caros, que para colmo ahora se les aplica un impuesto mayor que al resto de los libros, como si fuesen un artículo de lujo, que no hemos logrado racionalizar su uso, para que al menos durante bastantes años sirvan, cuidándolos debidamente como los cuidábamos nosotros, para algunas generaciones de estudiantes y que los euros que se ahorren los gasten, como yo les suelo aconsejar, en buenos títulos de literatura, en novelas, poemarios y obras de teatro de nuestros clásicos castellanos, antiguos o modernos, pues que estos no pasarán nunca de moda y, al menos, podremos colocarlos en los aparadores o en las estanterías como un signo de distinción cultural.

No resulta tan baladí la relación directa entre el índice cultural y el índice del paro en nuestras comunidades autónomas o en los países de nuestro entorno. Alguien podría preguntarse de manera inocente qué tendrá que ver la lectura del Quijote o de los poemas de García Lorca con el desarrollo industrial o con la crisis que nos ahoga. Quizás habría que preguntarles a los alemanes, que no solo estudian ingeniería, sino que leen de una forma concienzuda a sus escritores, escuchan a sus músicos y se sienten orgullosos de ser un pueblo grande y culto.

Lo cierto es que hay menos desempleo entre los más preparados y que son ellos, a buen seguro, los que gobernarán en un futuro próximo el mundo.