ANTONIO F. JIMÉNEZ

Lo primero que he escritoes su nombre. Luego he apartado la mirada del ordenador para coger Zona de obras, ojear una sentencia subrayada («el periodismo narrativo no es la vida, pero es un recorte de la vida»), que yo iba a copiar aquí en plan cita para empezar el artículo, pero al volver sobre la página blancuzca e inasible por su fantasmagórica virtualidad, he visto una mosca posada entre la i y la segunda ele del titular Leila. Entonces ha sido cuando me he dicho, bien, voy a seguir sus instrucciones, y he recordado lo que he le leído esta misma tarde: «Me gusta entrar en la realidad como a un bazar repleto de cristales: tocando apenas y sin intervenir». Yo no quería contar ninguna historia aquí. Más bien hubiera pretendido recopilar unas cuantas palabras de esta periodista argentina que he ido tiznando bobaliconamente por los bajos con un lápiz infantiloide mientras mi lengua se asomaba un poco tímida entre mis labios: («un zapato retorcido como una lengua rígida», «no es la historia, sino los vientos que la empujan»). Leila Guerriero apareció en mi vida un día de octubre de 2014; puede que hoy o ayer o anteayer o pasado mañana, cuando la estoy leyendo de nuevo, se cumpla el aniversario. La oí a través de sus palabras que leía un profesor con un apasionamiento insólito, ansiado en el fondo por todo alumno. «Solo permaneciendo se conoce, y solo conociendo se comprende, y solo comprendiendo se empieza a ver. Y solo cuando se empieza a ver, se puede contar». Le pedí perentoriamente ese cuasi decálogo oficioso que Leila hacía sobre el auténtico periodismo. Lo guardo con cariño porque me despertó leoninamente. Lo salvaguardo aunque me haya visto ingenuo,sorprendido, por las mismas palabras de Zona de obras, de donde mi profesor sacó aquel manifiesto. La mosca cachonda ya voló.