Montserrat Abumalham/Escritora

En este año 2022 y en este otoño que parece no querer presentarse y ha olvidado cómo deben ser sus sombrías y melancólicas tardes, lluviosas y de hojas rojizas arrastradas por el viento, sin embargo, es conveniente no olvidar que lectura, casi obligada en otoño, es la poesía.

Como se celebra el cuarto centenario del fallecimiento del Licenciado Francisco Cascales, he tenido ocasión de leer algunos trabajos científicos a él dedicados y sus finas observaciones acerca de sutilezas sintácticas, de preceptiva poética y sus atinados consejos para componer buenos sonetos. Entre sus acertadas críticas literarias, arremete contra los poetas oscuros con variadas razones y argumentos y, como yo misma, me he visto obligada, por razones que no son del caso, a leer poesía hermética y difícilmente comprensible, quiero recomendar, en este otoño que no llega, dos textos poéticos que responden a la claridad de conceptos, ideas e imágenes. Es decir que se apartan de aquello que Cascales reprochaba nada menos que a Góngora y se acercan a la comprensión del más profano de los lectores, procurando, por tanto, el gozo que se deriva, en las tardes otoñales, de unos versos o textos poéticos que nos reflejan el alma y la memoria o el olvido de quien los dice.

Así pues, me permito proponer la lectura reposada y apartada de los trajines diarios de dos libros: Otoño en Babel, de José Luis Martínez Valero, autor de todos conocido, menos de esta lectora, hasta este momento, a pesar de su larga y acendrada trayectoria; y Los quijeros del olvido, de Paco López Vidal, este último poeta novel, a pesar de su larga andadura poética que ha permanecido hasta ahora inédita. Ambos son libros publicados por La fea burguesía.

Se trata de libros muy diferentes, reunidos por el binomio de memoria/olvido. Es sabido que quien recuerda también olvida, pues selecciona de la memoria lo que quiere conservar y, así mismo, quien dice olvidar, en realidad está rescatando de las sombras de la memoria lo que finge no recordar. El libro de Martínez Valero está conformado por una serie de textos, unos en prosa y otros en verso, con un lazo interno evidente y claro; recordar una experiencia de pluralidad y de cambio, en un tiempo ya desaparecido pero con claras implicaciones con el presente. Es un libro para tomar y dejar, como todo libro poético. Si las novelas nos ‘enganchan’ y no podemos dejarlas hasta que se resuelve el enigma que nos plantean (toda historia encierra algún misterio), los libros poéticos son para ser degustados a pequeños sorbos, con mesura. Un atracón poético puede ser fatal para la mente y el cuerpo. Este tipo de libros de tomar y dejar son quizá los más importantes y que siempre se ha de tener a mano. Porque según se avanza por ellos o se retrocede o se repite la lectura, se va encontrando uno a sí mismo. Son libros de hoy, de ayer y de mañana. No es letra congelada. Es letra viva; vivió en quien la escribía y revive cuando la miramos, entendemos y establecemos el paralelo con nuestra propia memoria. Un libro singular y delicioso.

Lástima que Paco López haya sido tan reticente hasta ahora para publicar, porque sus ‘quijeros’, ese cauce que arrastra lo olvidado o lo olvidable como el agua de las acequias, es sin duda una colección de hermosos poemas líricos de memoria y de amor encendido. Amor hecho carne, pero de los que inundan el espíritu. Sentimientos en los que podemos vernos reflejados y versos e imágenes de las que podemos apropiarnos para decir lo que con frecuencia nos cuesta o no sabemos decir. También es y por las mismas razones un libro de tomar y dejar. De leer con calma para que nos cale.

En uno y otro libro hay que señalar algo importante. El misterio permanece. Me uno en esto a Cascales y añado: El poeta no ha de ser oscuro, porque si no se le entiende, ¿para qué escribe? (Esto es aplicable a toda clase de escritos, pero en lo poético más si cabe). Solo suele ser oscuro en la expresión quien no sabe muy bien de qué habla o bien quien encubre su ignorancia en verborrea solo para entendidos.

La poesía es un modo de expresión que habla de lo que no se puede decir, interpreta un mundo recóndito, donde se mueven los sentimientos cuyo nombre ignoramos y, por ello, casi siempre revela, como la profecía, pero no deja ver cómo se cumplirá el vaticinio. Permanecen en lo poético el velo y la bruma. De ahí también su fascinación y que podamos apropiarnos de ella.