Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Recuerdo que una mañana de invierno llegó mi padre a casa entusiasmado, como, por otra parte, solía ser habitual en él; acababa de comprar una tierra de secano a la que siempre llamaríamos la alquería, poblada por unas docenas de almendros y unos pocos olivos, situada entre una rambla seca y un promontorio a modo de cerro desde donde se veía bien la Cuesta de Jemeco, el Peñón del Cuervo, la Sierra de los Frailes y el entorno del cortijo de los Asares hasta la Casa de Cristo. La primera vez que fuimos aquella cuesta parecía una joya de nardos y azucenas, porque los almendros habían explosionado y habían derramado su magma íntimo de ensueño y de belleza. Cualquiera habría comprado aquella tierra solo por la imagen que ofrecía al mundo, solo por el buen rato de placer que nos estaban ofreciendo los árboles aquella mañana helada de febrero.

Mi padre trabajó como un titán para deshacer y domesticar la tierra bravía, para despojarla de tantas piedras y de tanta maleza con las que construyó pequeños muros para impedir que se desfondara con las aguas torrenciales de la primavera, plantó centenares de almendros, alguna vid, alguna higuera, alguna mata de los peros más dulces que he comido nunca, taló los olivos y guio lo mejor que pudo las aguas de las escasas lluvias para que empaparan la tierra. Durante años se sucedieron humildes cosechas de almendras y de oliva que recolectamos voluntariosos y con afán, pero la fórmula no variaba, porque si la cosecha era pequeña, el precio de los frutos subía y si, por el contrario, era copiosa, se reducía a la mitad, de manera que siempre nos mantuvimos en un nivel de modestia que apenas daba para sufragar los gastos de la labranza, la poda, los sulfatos y los abonos. Así que terminamos resignándonos a aquellas tareas anuales que nos correspondían porque la tierra era nuestra aunque no diera en absoluto para vivir. Cuando aprobé yo las oposiciones mi padre no dudó en venderla del mejor modo posible aunque a un precio exiguo.

En cambio nunca dejé de apreciar las alhajas naturales que emergían durante el mes de febrero como un milagro del invierno y de la sequía y alfombraban con lujo las inmediaciones del monte donde tanto había bregado mi padre y toda la familia, al menos yo, que siempre lo acompañé andando, con la burra, sin esperanza ni recompensa, porque un secano, que no permite los cereales en abundancia, no da para mantener a una familia. No creo que mi padre se equivocara con aquella compra, porque era demasiado inteligente para eso, pero también era un romántico y un soñador e imagino que cuando vio aquellas flores  como joyeles en mitad de una tierra tan áspera y en invierno, pensó que no tendría más remedio que adquirirla, porque de algo tan hermoso   nunca se derivaría nada malo, y de hecho no cesó de soñar con una gran cosecha, con la subida inminente del precio de la almendra, o el encuentro casual y mágico de un río subterráneo o de un tesoro enterrado por un príncipe árabe.

El niño que yo era por aquellos años, a pesar del esfuerzo excesivo y de La nula recompensa, también soñó junto a su padre en aquella tierra donde florecía cada invierno un tesoro de fresa y de nata, incólume al frío, heroico e invulnerable a la sequía, constante y tenaz cada cosecha, y aprendió la inestimable lección de que no solo debemos luchar por  buscar el provecho en la fecundidad de los frutos, sino que muchas veces la belleza inútil resulta imprescindible, reconfortante  y necesaria.