Pascual García

Aunque mi abuelo afirmara, cargado de toda la razón que una vida de privaciones y penalidades le había conferido, que coger brevas e higos no era robar, porque las higueras no eran de nadie y habían sido plantadas para satisfacer el hambre de los más necesitados, yo pasaba, lo confieso, muy malos ratos cuando lo acompañaba en esas salidas gastronómicas, a las que tan aficionado era, por la huerta de Moratalla, muy de mañana, a esa hora en que la fruta sabe al Paraíso de donde, a buen seguro, procede, con sueño aún y entumecido, porque pudieran sorprendernos en aquella sospechosa actitud de hurto.

A mi abuelo le gustaba la fruta, toda la fruta: las ácidas naranjas y las dulces manzanas, los exóticos y sensuales caquis o serbas, los higos de miel y los melones de agua o sandías, tan refrescantes y los olorosos melones de año, las uvas suaves al paladar y cristalinas. Eran los frutos de la tierra, aquello que más cerca había tenido desde niño, aquelniño yunterode Miguel Hernández, pues poseían el prestigio de la supervivencia. En tiempos del hambre, me contaba, sólo comían los que tenían un terreno, los que sembraban y recogían la fruta, el aceite y el grano. Resultaba natural, entonces, ese apego afectuoso e incondicional por todo lo que crecía sobre la tierra, la que se regaba o la de secano (en la pequeña propiedad de mi padre plantó higueras, peros de mata, chumberas y parras, que apenas dieron nada, porque los años vinieron secos, pero que arraigaron en la tierra y la mantuvieron firme, protegida de la erosión del agua y del viento).

Los hombres que trabajaban el campo poseían una concepción diferente de los alimentos y de la riqueza. El trigo, las hortalizas, el aceite de oliva, las legumbres y la fruta eran las verdaderas joyas de la vida. Para Navidad se engordaba un cerdo y un pavo, y en los corrales de la casa o del cortijo siempre había gallinas y conejos. En los días de fiesta se mataba algún ejemplar de estos últimos y se cocinaba un arroz para toda la familia. Habitualmente se hacían por las mañanas para almorzar unas migas con tajás, con pescado o con fruta. Mi padre las hacía esponjosas sobre las trébedes de la lumbre, mientras mi abuelo golpeaba un par de cebollas y las acercaba a las ascuas junto a unas ristras de ajos tiernos. Mi madre cocinaba un caldo refrito con agua, aceite, pimentón y ajos con el que entraban muy bien las migas. Aunque, cuando yo era un niño, todo aquello ya formaba parte del pasado, una ceremonia de la nostalgia, que los mayores celebraban en los días de lluvia y de nieve para rememorar otros tiempos.

Aquellas mañanas del verano o del otoño junto a mi abuelo y bajo la sombra maléfica de una higuera no podré olvidarlas nunca. Yo quería marcharme a toda costa y él, seguro e imbuido de la autoridad que le otorgaba una larga existencia de sacrificios y fatigas, ni siquiera me hacía caso. Tomaba un higo con delicadeza y lo abría con sus dedos por la mitad, husmeaba en su interior, comprobaba que no hubiera gusanos y se comía aquella pulpa de miel con sus pequeñas semillas crujientes no sin antes ofrecérmelo a mí, que solía rechazarlo con la excusa de que no tenía apetito, porque en verdad era mayor mi temor a que nos pillaran en aquel trance embarazoso que el deseo de comerme el higo.

Por fortuna yo pertenezco a una generación que ya no ha pasado hambre. Mi abuelo era de otra época y percibía el mundo de un modo más hostil, aunque hubiese sido capaz de salir adelante en cualquier parte, con un mínimo de alimentos, con frío o con fatigas, con lo estrictamente necesario para sobrevivir. A cambio, su instinto no le permitía bajar la guardia nunca. Todo era útil, todo le procuraba goce, cualquier cosa podría servirle en un momento dado, desde un cordel arrumbado hasta una caja de cartón vacía, desde una herramienta en desuso hasta un capazo viejo. Trenzaba el esparto y fabricaba pleita, cernachos para los caracoles, guitas para el trabajo diario de la huerta, y el Domingo de Ramos me confeccionaba una estupenda sortija con una hoja de palma.

A cambio, no podía menos que acompañarlo en aquellas excursiones de su predilección, muy de mañana, a la búsqueda de los higos y de las brevas más frescas y tiernas, bajo las higueras que no tenían dueño y que habían saciado el hambre canina de tantos hombres y mujeres en un tiempo que ojalá no vuelva nunca.