ORENCIO CAPARRÓS BRAVO

Es opinión general que cuando somos niños los espacios nos parecen más grandes, y si una vez vistos o vividos retornamos a ellos tras un cierto tiempo, pongamos unos años, nos parecen reducidos, como menguados por una inexplicable trampa quFachada Museo caballos del vinoe en su día nos tendió la percepción de las cosas  y nos  confundió la memoria. Con el tiempo viene a pasar algo semejante, poco a poco, día a día, se nos acorta y nos parece más efímero, más breve, en definitiva, como ocurre con el espacio más pequeño.  Antes de que cunda el tedio aviso que no pretendo disertar sobre el tiempo y el espacio, constatado lo anterior voy donde pretendía.

     Esto que digo siempre lo he experimentado, hasta el punto de que cuando retorno a algún lugar voy prevenido para mitigar la sorpresa. Para lo que no estaba preparado era para el fenómeno inverso, tal y como recientemente me ha ocurrido.

      Hay espacios que transitamos a diario por razones laborales –afortunadamente algunos  podemos decir esto-, o por motivos de vivienda –también afortunadamente-, en cualquier caso esos espacios los tenemos tan vistos que  apenas nos fijamos en ellos, salvo que ocurra algo de repente que pueda resultar sorpresivo. Hace unos días se ha destapado la fachada de la casa de los Caballos del Vino, casa que durante mi infancia lo fue de” Doña Dolores”, si no recuerdo mal Giménez-Girón de apellido, fallecida ésta a mitad de los sesenta, recuerdo el nevazo que se dejó caer la mañana del óbito, la  casa  pasó a un sobrino suyo y posteriormente fue acertadamente comprada por el Ayuntamiento,  siendo Alcalde Antonio García Martínez-Reina. La casa ha servido como Escuela de Música, Ayuntamiento provisional mientras se realizaban obras de adecuación en el edificio cuyas trazas realizó Jaime Bolt, por las mismas fechas en que se construía la casa de la que escribo, y que desde su realización ha servido como Ayuntamiento; después, en la casa se instaló la emisora de radio local y durante los últimos años  se ha convertido en  lugar de reunión de los caballistas y en taller de bordado, principalmente de mantos para los caballos.

     A punto de llegar la Semana Santa y por lo tanto el trasiego de procesiones por estas calles del casco antiguo, los andamios y redes han sido retiradas de la fachada; no sé cómo quedarán los espacios interiores, sí sé cómo ha quedado exteriormente, me parece sencillamente espléndido el trabajo realizado.  Quien quiera que haya dirigido la restauración ha sido escrupulosamente respetuoso con la estética y las formas que se proponía recuperar. Cualquier pueblo donde no hubiese otro patrimonio histórico que una casa solariega, posiblemente de mediados del Siglo XVIII como ésta ,podría sentirse legítimamente orgulloso sólo por ello. En este tipo de actuaciones las cosas se pueden hacer de dos modos, o bien o mal, lo que es más difícil es hacerlo extraordinariamente bien. 

     Esta fachada Barroca, tiene elementos típicos de la arquitectura española, más concretamente levantina o aragonesa, con un uso decorativo del ladrillo visto, que aparece a modo de encintado para servir de marco a grandes paños cuadrados de mampostería, cubiertos habitualmente de yeso,aunque que en este caso se han recubierto con una  suerte de estuco mucho más estable y duradero; el color blanco radiante se ha amortiguado ligeramente con un doble marco, que sigue la misma disposición que el ladrillo, de color gris plata; la hornacina y el escudo sobre el balcón central se han resaltado con un elegante gris marengo que le aporta una nota de contraste con el gris plateado, y que recuerda los juegos cromáticos tan utilizados en  Florencia , especialmente, aunque no sólo, durante el Manierismo. Al armonizar  de este modo los elementos constructivos se han resaltado los espacios  y los vanos, posiblemente los ventanales a ambos lados de la puerta sean de época muy posterior, y se ha revalorizado el juego de curvas de los balcones, muy del Barroco italiano, así como el protagonismo de las hermosas filigranas de los herrajes y la cornisa de madera en tradicionales tonos marrones.

     Son difíciles de entender los caprichos de las épocas, y no es tarea fácil analizar el por qué en un determinado periodo, en este  caso probablemente coincidiendo con los gustos del Neoclasicismo francés de inicios del XIX, se cubre o lo que es peor se destruye lo que en el periodo anterior se había hecho,  como si las modas provocasen una especie de sentido del ridículo o de complejo de inferioridad ante las nuevas corrientes en contraste con las obras que seguían modelos anteriores, aun a pesar de su hermosura . Limpieza, sencillez, claridad, rotundidad… no son exclusivos de ningún periodo, esta fachada tiene esas cualidades y muchas otras que afortunadamente se han sabido poner de relieve. En épocas como estas que corren,  en las que resulta difícil llevarse alguna que otra alegría en la vida pública, se ha producido la sorpresa y hemos mejorado considerablemente nuestro patrimonio artístico arquitectónico. De momento, podemos ofrecer con legítimo orgullo otra obra que pronto resultará emblemática. ¡Ojalá! sirva esta rehabilitación de ejemplo para animar a particulares a volver al casco antiguo y seguir por este camino; estoy absolutamente convencido que muchas de las fachadas, hoy cubiertas de yesos ajados, esconden hermosos ejemplos de barroco popular, que sin llegar tan lejos como la casa de la que trato, sin embargo tendrán, estoy seguro, la belleza de lo auténtico;  queda mucho ladrillo por destapar y rehabilitar en estas calles. Y quién sabe si no es por este camino por donde hay que buscar la reanimación de la actividad económica, comercial, y sobre todo vital –fundamento y base de todo lo demás-  de las vías adyacentes como la calle  Mayor. Al menos que los sacrificios que se imponen sirvan para recobrar algo del sentido común que nunca se debió perder; es absurdo y derrochador, lo ha sido, dejar vacías y deterioradas viviendas con siglos de historia mientras se compraban viviendas a sesenta millones  los cien metros cuadrados, por un extraño concepto, fruto también de modas, de que los cascos antiguos son símbolo de poca prosperidad, casi de pobreza antigua o algo así. Sin valorar la singularidad y belleza que poseen.

     En fin, nunca pensé que a la calle Gregorio Javier- cuesta de las quinielas en términos caballistas- la pudiera percibir, en sentido inverso a la experiencia común, más amplia y ancha  que hace más de cincuenta años gracias al aspecto de esta fachada,  pero estas son las argucias que  tiene la estética, que cuando menos te lo esperas te parte en mil pedazos la que creemos lógica del tiempo , del espacio y, por qué no decirlo, de la edad, consecuencia de las primeras. Las próximas fiestas de la Cruz serán la ocasión  propicia para que  todos podamos disfrutar de la imagen de este contundente y bello edificio que se vinculará a los Caballos del Vino para siempre, ni la casa ni el festejo caballista merecen menos. Felicidades a quienes están ejecutando el proyecto, porque de momento el objetivo de recuperar el edificio está sobradamente conseguido.