Pedro Antonio Muñoz Pérez

(pedroamupe@gmail.com)

Varias escenas de “Dolor y gloria”, la exitosa película de Almodóvar, transcurren en una cueva, exquisita y delicadamente restaurada, en lo que ahora es el espacio cultural de les Coves del Batà de Paterna (Valencia). El niño vive allí la siempre convulsa inquietud de la adolescencia y se plantea su identidad mirando el cielo a través de una claraboya enrejada, mientras su madre trajina en la cocina. Paredes encaladas y límpidas y habitaciones excavadas en espacios que se antojan frescos acogen la rutina de esa familia humilde. Cuando lo vi no pude reprimir un amago de nostalgia e identificación con ese recuerdo infantil. No, yo no viví en una cueva, pero en mi infancia tuve conocimiento directo de ese tipo de vivienda cuando jugaba con mis amigos “cueveros” en el barrio troglodita de mi pueblo. Se me removió también la no tan edificante rivalidad entre los zagales de La Torre y de Las Cuevas, los dos barrios que marcaban una cierta dicotomía socioeconómica, más supuesta que real. Pero había entonces en esas cuevas un bullicio y un ajetreo de vida que hoy se ha trocado en ruina y silencio.

Los pobladores de las cuevas las abandonaron cuando el gran éxodo migratorio de los años sesenta y, sobre todo, de los setenta. Al mismo tiempo, la mejora de las condiciones de vida contribuyó también al cambio de mentalidad: la cueva se consideraba una vivienda infrahumana. Por eso, con el objetivo de proveer a estas personas de una vivienda más digna, hacia el año 1970 se constituyó la “cooperativa de viviendas Santa Bárbara” y se edificaron casas de nueva planta (dúplex adosados se llamarían hoy) en los barrios de la Paz y el nuevo de Santa Bárbara, a los pies del cerro del Calvario, junto al camino del cementerio. Después de aquella diáspora, se aceleró el proceso de degradación que está a punto de rematar con uno de los conjuntos más interesantes de la arquitectura popular murciana.

En efecto, una de las singularidades urbanísticas de Archivel es la presencia de diversas agrupaciones de viviendas subterráneas, una de las cuales, la más numerosa, ocupa una notable extensión del barrio de Santa Bárbara. Además de este núcleo principal, encontramos cuevas en otros lugares: la falda del Cerro de las Fuentes, por ejemplo, o en el desnivel entre la Casa Noguera y la Cuesta del Álamo… Según he podido investigar, la fecha más antigua documentada sobre la presencia de cuevas en Archivel se remonta a 1875 (libro de matrícula parroquial del archivo de El Salvador), aunque no es descartable que los inicios de este tipo de construcción puedan ser anteriores y se deban al asentamiento de familias humildes a lo largo de los siglos XVIII y XIX o incluso de pobladores procedentes de otros lugares (según parece, las características de estas cuevas se asemejan más a las de la zona castellano-manchega que a las de otros pueblos de la región). Pero esto es pura especulación, en tanto no se hallen pruebas tangibles sobre los pormenores de su origen y se pueda datar de manera exacta cuándo empezaron a construirse.

Pese a que los propietarios de bastantes de estos inmuebles y muchos archiveleros hayan dado la espalda hace tiempo a este rincón de su patrimonio etnográfico, la existencia de este conjunto rupestre no ha pasado desapercibida para algunos estudiosos del urbanismo antiguo. Es así que ha llamado la atención incluso de algunos expertos que, con el patrocinio institucional, han llevado a cabo, en 2016, un estudio pormenorizado, cuya lectura les recomiendo. (*Ver nota a pie de artículo).

Se trata de un informe extenso de carácter técnico que incluye un inventario y un análisis individualizado de las diversas estructuras de estas curiosas construcciones, así como un exhaustivo programa de diagnosis, protección urbanística y rehabilitación de las viviendas subterráneas de Archivel. Según este documento, existen en Archivel más de 80 cuevas, repartidas en cuatro conjuntos, siendo el mayor (53) el del barrio de Sta. Bárbara.

Hay mucha información interesante en este trabajo, pero quiero centrarme en las recomendaciones de los autores sobre qué se debería hacer con las cuevas de Archivel. Me parece un auténtico despilfarro dedicar dinero público a un estudio de estas características para ignorarlo después y que permanezca dormido y sin efecto en un cajón de la consejería del ramo o de la concejalía de urbanismo. Y pienso si una colaboración entre la iniciativa pública y privada no podría intentar poner en práctica algunas de las propuestas del estudio: asegurar su protección urbanística como “edificios de interés etnológico”, concretando las medidas y criterios de intervención, así como desarrollar un programa de difusión y sensibilización social (talleres, rutas culturales) y, además, diseñar un programa de rehabilitación y de reutilización, como se ha hecho en Abanilla o Fortuna. Y todo ello porque, según los técnicos, el hábitat rupestre de Archivel por sus peculiares características y atractivo paisajístico, incluso en su actual estado de abandono, resulta fascinante para el visitante que recorre las sendas descubriendo multitud de viviendas subterráneas que a cierta distancia no apreciaba.

Vuelvo sobre la película de Almodóvar y siento una sana envidia (mezclada con cierto grado de indignación también por la pasividad de nuestras autoridades) cuando me entero de que el ayuntamiento de Paterna ha organizado visitas turísticas a estas cuevas y las ha rescatado de la degradación, asegurando su pervivencia y aprovechamiento. No es el único ejemplo, desde luego. En otros lugares las han convertido en alojamientos rurales, muy demandados por sus excelentes condiciones bioclimáticas (no se pasa calor en verano ni frío en invierno) y porque hay mucha gente dispuesta a pagar por la experiencia de disfrutar unos días de la sensación prehistórica de vivir en el subsuelo.

Dicen los autores que, aunque parezca lo contrario: Actualmente se constata todavía la gran estima que muchos vecinos sienten aún por este tipo de vivienda. Hecho viene a ser corroborado por la resistencia a abandonarlas definitivamente. No es raro que algunas casas asociadas a las casas subterráneas, estén habitadas aún, o que se continúe acudiendo regularmente a ellas, para mantenerlas en buenas condiciones, alimentar a los animales que tienen alojados allí o cuidar el árbol que daba sombra en el carrerón.

Sin embargo, mientras esto escribo, nadie ha hecho caso a estas líneas de actuación para recuperar en su  integridad este conjunto urbanístico. Las curiosas chimeneas “tronco-cónicas” se siguen derruyendo, las rampas de acceso y los canilleros se colmatan y los espacios interiores de las cuevas se arruinan y descomponen carcomidos por la humedad. Si nos tardamos, puede que en un futuro no demasiado lejano todo esto no sea más que una escombrera, un espacio arqueológico, la tumba de lo que en su día fue refugio y amparo de unos vecinos muy humildes, pero dignos, y escenario de vivencias que, si se afina bien la mirada y se acopla el sentimiento, todavía se pueden atisbar a través de los ventanucos y de los portones desvencijados de las cuevas de Archivel.

*Documento de referencia: García Blánquez, Luis A. y Martínez Sánchez, Consuelo. Memoria y catálogo: Inventario de las viviendas subterráneas de Archivel. Plan Nacional de Arquitectura Tradicional. Instituto del Patrimonio Cultural de España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. ¿2016?