Pedro Antonio Martínez Robles

Recuerdo el sabor más que mi propia imagen metida en la fila de todos los críos, aguardando el terrón de azúcar, el engaño dulce para encubrir aquel amargor del que todavía se acuerda mi paladar. Debió ser en el grupo escolar de Don Antonio Maya (hoy Casa de la Cultura). Guarda mi memoria la brumosa escena de una larga hilera de niños, muy disciplinados, sin alborotos, con la boca abierta para recibir la golosina en la que instilaban unas gotas de aquella vacuna que habría de salvarnos de la temible poliomielitis. Yo no sabía entonces por qué ni para qué estaba allí, ni era consciente de los estragos que aquella enfermedad estaba produciendo ni sabía nada de ella ni la había oído nombrar jamás; pero estaba allí porque tenía que estar, porque me habían enviado para que “el bicho” no me alcanzara, y si me alcanzaba, que no me hiciera daño. Quizá no tuviera yo entonces ni media docena de años, pero me acuerdo del sabor engañoso de aquel azucarillo, un sabor que después de mucho más de medio siglo vivido he sido incapaz de olvidar.

Hoy existe otro protocolo, otra manera de vacunar, otro modo de hacer la vida, en apariencia más ordenado, con un mayor control, con un registro de todos los datos personales que luego, en muchos casos, se “extravían” en ese maremágnum de los ficheros y los sistemas informáticos, tan “evanescentes” en ocasiones. Pero existe hoy también, ante todo y desafortunadamente, una triste ambición económica, un impúdico comercio con los elementos más básicos de nuestra salud. Todo se mide, por desgracia, con los beneficios que los fármacos puedan reportar a los laboratorios y grandes firmas que los elaboran y comercializan, por lo que es inevitable que me pregunte si no hay realmente detrás de este ingente despliegue sanitario más interés económico que humanitario.

A lo largo de mi vida he recibido múltiples vacunas, desde las más remotas que pudieran administrarnos en la etapa infantil (difteria, tétanos, tos ferina, tuberculosis…) y ya no recuerdo, hasta las ocasionales o de refuerzo, y jamás he sentido ninguna aprensión, nunca he tenido reparos en recibirlas, como jamás advertí esa enconada lucha de las grandes firmas por imponer en el mercado su producto sanitario; quizá también la hubiere en tiempos pasados, pero con menos influencia mediática y nosotros, que éramos entonces, como dice García Márquez, felices e indocumentados, vivíamos ajenos a esa guerra de intereses comerciales y sólo percibíamos el carácter humano de la sanidad.

Sin embargo, lejos de la naturalidad y la confianza con que siempre he admitido las vacunas, en esta ocasión, y tal vez también por esa influencia y conducción –muchas veces irresponsable– de los medios de comunicación, ahora he vacilado ante la administración de la vacuna contra la covid-19. Sentía temor, inseguridad, desconfianza, y hasta el mismo día en que acepté que me fuera administrada, las dudas estuvieron asaltándome, cuando todo podría haber sido tan sencillo como en aquella remota ocasión en que, como si se tratara de una golosina, nos ofrecieron una posible salvación con un terrón de azúcar.

 

12 de septiembre de 2021