Pedro Antonio Martínez Robles

Pronto hará 40 años que derribaron el pilar de los burros en el que, además de apaciguar su sed cada tarde las bestias de labor que subían desde la vega, bañaban cada Día de los Inocentes a Juan Pelotero. No había clemencia en la venganza. A veces había que romper el dedo de hielo que cubría la superficie del pilar, pero aun así la multitud no tenía piedad; todos, agraviados o no, terminaban persiguiendo a Juan Pelotero, le daban caza y lo capuzaban en el pilar de los burros. Antes, desde primeras horas de la mañana, Juan Pelotero, con la cara tiznada de azulete y provisto de una pelota de trapo que sujetaba con un cordel a un trozo de palo, recorría las calles del pueblo y acosaba al primer vecino que se tropezaba con la amenaza de soltarle un pelotazo. Casi siempre el abordado, para evitar el golpe y entrando en el juego tradicional, sobornaba a Juan Pelotero con unas monedas y lo mandaba a perseguir a alguna muchacha para que le atizara con la bola de trapo. Era un juego aparentemente brutal, pero en el fondo inofensivo, hasta el momento en que la turba, bien entrada la mañana, enardecida por la sed de venganza y la emoción de la burla, decidía poner fin a la carrera de pequeñas extorsiones de Juan Pelotero con el baño tradicional en aquellas aguas heladas y verdes, llenas de ovas y renacuajos.

Hay cosas que van ligadas a otras de una manera indisoluble, y cuando una de ellas desaparece, arrastra consigo a la otra. Así podría pasar con Juan Pelotero y el pilar de los burros. Ha habido muchos intentos por mantener vivo este juego tradicional del 28 de diciembre (todavía hoy se persiste en ese noble esfuerzo), pero cada vez va quedando menos gente dispuesta a tiznarse la cara de azulete y echarse a la calle para reclamar un impuesto limosnero por evitar un pelotazo. Y lo que es, quizá, mucho más determinante: desde que derribaron el pilar de los burros, la turba anda desorientada porque no encuentra el sitio idóneo para el baño expiatorio de Juan Pelotero. Cuando esta figura desaparezca definitivamente de nuestras calles, los nostálgicos tendremos que contentarnos con la sombra que un día nos dejó en la retina, y los que jamás hayan llegado a conocer a Juan Pelotero, tendrán que vivir con el recuerdo de un sueño que no soñaron.