PEDRO A. MUÑOZ

Quién nos iba a decir a nosotr@s, los confiados ciudadanos del siglo XXI, que íbamos a estar confinados como leprosos durante un período indefinido para intentar defendernos de un miserable microorganismo patógeno, como si fuéramos las víctimas de “La amenaza de Andrómeda” o los desgraciados tripulantes de la nave donde se cuela alien, el octavo pasajero. Estos días oímos a nuestros desconsolados compañeros de cuarentena recurrir al tópico: es todo tan alucinante, como si se tratara de una película de ciencia-ficción: las calles desiertas, el latido inquietante del silencio invadiendo las ciudades, las colas en los supermercados para aprovisionar de víveres las despensas, la angustia y el miedo dibujados en los semblantes de nuestros convecinos, la desolación de la incertidumbre tiñéndolo todo con ese halo fúnebre, el estupor en definitiva del qué nos está pasando sin respuesta ni consuelo. El apocalipsis.

El cine, con esa fantástica capacidad de simular cualquier escenario, siempre se ha hecho cargo de anticiparse a las distopías. Todavía recuerdo con notable estremecimiento la sensación de congoja que se me grabó de manera indeleble cuando de pequeño visioné la escena en la que Judá Ben-Hur visita a su madre y a su hermana en aquella cueva donde se halla la leprosería. En este caso, y en relación con las consecuencias de las epidemias o la expansión de virus letales, podemos (aunque no sé si será una buena opción de “entretenimiento” para estos días de aislamiento forzoso) recuperar títulos como “Pánico en las calles” (Elia Kazan, 1950), “Extraño suceso” (Terence Fisher, 1950), “La amenaza de Andrómeda”  (Robert Wise, 1971), “Monos” (Terry Gilliam, 1995), “Estallido” (Wolfgang Peterson, 1995), o la más reciente, y quizás la que más se anticipa a lo que estamos viviendo, “Contagio” (Steven Soderbergh, 2011). En todas ellas, la humanidad se enfrenta a la contingencia de un posible exterminio por el descontrol de una infección bacteriana o vírica. Abstenerse hipocondríac@s.

No es la primera vez, por supuesto, ni será la última que esto ocurra en el mundo real. Desde su aparición, la humanidad ha sobrevivido a los embates de múltiples agentes infecciosos. La mecánica sutil e inmisericorde de la selección natural ha encontrado en ellos a sus más fieles aliados. De manera implacable, los individuos más vulnerables han sucumbido a las enfermedades y, paradójicamente, esto ha servido a los supervivientes para reforzarse y crear anticuerpos para afrontar con éxito la mayoría de las dolencias y achaques, fortaleciendo el sistema inmunitario y procurando la supervivencia biológica de nuestra especie. En este sentido, la aparición de las vacunas y de los antibióticos ha supuesto un paso de gigante en esta lucha milenaria. Sin embargo, nuestros enemigos no han desaparecido y continúan mutando y creando sus propios mecanismos de replicación y resistencia, no obstante también son seres vivos y luchan por su continuidad. No hay manera de pactar una tregua y mucho menos cuando la superpoblación del planeta ha hecho que los seres humanos seamos una plaga tanto o más dañina que los bichos microscópicos cuyo peligro tanto nos intimida. Para ambos es una cuestión de vida o muerte.

En el verano de 1855, en el pueblito de Archivel (noroeste de la actual región de Murcia), se produjeron 129 entierros en el plazo de un mes (entre julio y agosto). Todos estos infortunados fallecieron a consecuencia de la epidemia de cólera que se desató por tercera vez a lo largo del siglo XIX; la última, si bien más benigna, todavía habría de sucederse en 1885. Entre un 4 y un 10% de la población sucumbió a esta forma diabólica de diarrea, proveniente también de la lejana Asia. Los curas apuntaban en los libros de registro de las defunciones al “cólera morbo asiático” como causa mortis. Se desconoce el número de afectados y, por tanto, el porcentaje de letalidad de esta enfermedad. Pero seguro que hoy, domingo, 15 de marzo de 2020, siglo y medio más tarde, somos capaces de sentir empatía con nuestros ancestros, aquella población ignorante y mísera en su inmensa mayoría y absolutamente desasistida de remedios médicos eficaces para plantar cara a ese mal que se cebó especialmente con las criaturas menores de cinco años. Cómo no oír los lamentos de las madres ante los cadáveres de sus bebés y los lamentos y exabruptos de los afectados y de sus familiares, producto de la desesperación y de la rabia; cómo no entender el miedo que los llevó a refugiarse en las supersticiones, los rezos y en el luto perpetuo; cómo no solidarizarse con esa manera íntima de rebeldía que genera en nosotros mismos y en nuestros semejantes la impotencia ante la fatalidad.

Los latinos denominaban “pestis” (peste) a cualquier enfermedad infecto-contagiosa y, por extensión, a las condiciones de insalubridad que favorecían su difusión, ampliándose después el campo léxico a las demás circunstancias asociadas: calamidad, catástrofe, e incluso mal olor. En torno a 1348, la tristemente célebre “Peste Negra”, causó la mayor mortandad que Europa recuerda, haciendo desaparecer entre un tercio y la mitad de su población. Hasta la aparición de la primera vacuna (1796, Jenner), la población sucumbía de manera inane a la viruela y a todo el cúmulo de enfermedades que hoy están (casi) erradicadas, aunque la moda irresponsable y criminal del movimiento “antivacunas” está poniendo en riesgo dos siglos de éxitos científicos en este campo. En 1981, el VIH, causante del SIDA (la “peste rosa”), irrumpió con fuerza, generando una oleada de pánico planetario. Los estragos que provocaba en los primeros contagiados sumieron de nuevo a la humanidad en el terror hacia lo desconocido y en la incertidumbre sobre la viabilidad de la especie. Después vinieron el ébola, el zika… Ahí siguen la sempiterna gripe (la nefasta de 1918, a causa del mutable y, sin embargo, pertinaz virus influenza) y la familia de los coronavirus, poniendo a prueba la capacidad del género humano para hacerles frente. La resistencia bacteriana es también un reto al que habrá que destinar una ingente cantidad de dinero y esfuerzo por parte de la comunidad científica.

La peste a la que nos enfrentamos es solo el penúltimo estadio de esta lucha secular. Vendrán otros microorganismos cuya razón de ser es infectar a otros seres vivos, incluidos los humanos. En el caso que nos ocupa, el reto principal es no saturar los sistemas sanitarios. Muchos llegaremos a estar infectados; antes o después, se quedará con nosotros. Con su habitual y ¿caprichosa? estrategia, matará a los organismos debilitados hasta acostumbrar al sistema inmunitario de los invadidos a su presencia. Así llegará el pacto: una simbiosis tolerada por ambos bandos. Mientras tanto, ganaremos tiempo si nos quedamos recluidos en casa.

La peste del Covid-19 se hará más llevadera recurriendo a la música, a la literatura, al cine, al arte, en definitiva, el mejor refugio que hemos levantado los seres humanos para elevarnos sobre la evidencia de nuestra vulnerabilidad y la certeza de nuestra finitud.

Pero, como en una de las secuencias más emotivas de Gladiator (https://www.youtube.com/watch?v=-Gxcrgmlov8), aunque sabemos que vamos a morir en algún momento y que allí nos esperan y nos reuniremos con nuestros antepasados, tenemos que ser fuertes, mantener la esperanza y repetirnos con total convicción: Pero aún no, aún no.