Montserrat Abumalham/Escritora

Hace algunos años, un antiguo compañero de estudios tuvo la feliz idea de reunir a aquellos estudiantes que habían cursado el ya casi olvidado preuniversitario del Plan de estudios del 57. Aquella fue la ocasión de mi retorno a una ciudad en la que había vivido algo más de ocho años; los años del tránsito desde la infancia a una cierta madurez universitaria, pasando por la siempre terrible pero creativa adolescencia. El retorno suponía volver a un lugar al que no había regresado -por razones amargas, pero que no son del caso- en casi cincuenta años.

En todos esos años, la ciudad se había transformado, había crecido y se había renovado en muchos aspectos. Sin embargo, al ser una ciudad que se halla en un enclave muy especial, con una orografía peculiar y rodeada de mar por casi todo su contorno, mantenía la fascinación de su paisaje, de sus puestas de sol e incuso el olor peculiar a almadraba, de manera que el retorno fue el de volver a un espacio propio y bien conocido, a pesar de los cambios.

Hace algunas semanas pude regresar de nuevo. La pandemia había dejado, como a la bella durmiente, reposando, en este caso en los anaqueles, a mi última novela publicada. Juzgué que era tiempo de reactivarla y allá me fui a presentarla en la Biblioteca Adolfo Suárez de Ceuta. Una experiencia agradable por una acogida calurosa y productiva en muchos aspectos; la venta del libro, claro, pero lo más importante el compartir con viejos amigos y estrechar la relación con algunos nuevos.

No obstante lo que más me conmovió fue el hallazgo y reencuentro con palabras olvidadas, perdidas en la ausencia y la lejanía; majareta y pavana. Así se denomina allí a quienes no tienen la cabeza muy firme; majara o majareta. No es palabra inusual en el castellano, pero cuyo uso allá es normal y frecuente. Mientras que, por su parte, a las gaviotas se las llama siempre pavanas, palabra que no es invención propia y que tiene su lugar en el castellano común, pero que, igualmente, es poco usada en otras latitudes o al menos en las que yo me he movido.

Me di cuenta entonces de que, además de perder un espacio y a algunas de las personas que lo pueblan, se me había arrebatado el lenguaje o una parte importante de él; las palabras que son comunes y dan identidad a un entorno. Cuando algo o alguien nos impiden regresar a la tierra en donde nos hemos construido como personas, nos arrebata al tiempo el paisaje, el clima, el aroma y las palabras que nos eran familiares y queridas. Todo ello, sin saberlo nosotros o sin ser conscientes, es lo que nos provoca un malestar escondido que resulta difícil de reconocer, pero que arrastramos hasta que un día, con suerte, se hace la luz y, como en mi caso, recuperamos las palabras, o al menos, parte de ellas.

En este punto, pienso en aquellos que se han visto forzados a emigrar y que se ven impedidos por mil razones; violencia, avaricia, miseria o enfermedad, de regresar a sus lugares de origen, cuántas palabras no habrán perdido, si además se ven obligados a aprender un nuevo idioma diferente. Estas pérdidas inmateriales y sutiles son las que más hacen sangrar el corazón.