RETAZOS DE HISTORIA MULEÑA

Juan Fernández del Toro

En estos días, en los que la Semana Santa está a la vuelta de la esquina, los muleños esperamos inquietos la llegada del Martes Santo para dar comienzo a una de nuestras grandes pasiones: la tamborada. Son muchos los muleños que andan poniendo a remojo las pieles de sus tambores o los que ya han hecho ese trabajo y de cuando en cuando regalan algún tímido redoble a sus vecinos, a quienes recuerdan que tenemos la Pascua encima.

Y es que, cada Martes Santo, antes de la media noche, todos los muleños y foráneos que tienen a bien acompañarnos nos reunimos en la Plaza del Ayuntamiento para dar comienzo a nuestra tamborada. Fiesta que, aunque tiene lugar en los días de Semana Santa, es de carácter pagano. No obstante, su origen parece derivar de las procesiones. Sobre la historia y origen de esta tradición, podemos encontrar las monografías de Juan González Castaño o de Juan Gutiérrez García y Manuel Risueño Moreno. Estudios que invito, sobre todo a los muleños, a leer para su deleite y conocimiento de nuestra fiesta.

La primera referencia hallada a la tamborada muleña la encontramos en 1859. Se trata de las Ordenanzas Municipales que, curiosamente, trataban de prohibir el toque de tambores fuera de las procesiones de Semana Santa. Esto pone de manifiesto que la costumbre de andar tocando al margen de los desfiles pasionarios era una realidad y, además, debía de tener muchos adeptos para ser precisa su prohibición por medio de las ordenanzas. Hemos de entender que la algarabía formada por tambores tocando sin orden ni concierto en las calles, contrastaba con el recogimiento y silencio propios de la Semana Santa, motivo por el que los gobernantes locales pretendías erradicarlos.

Desconocemos cómo se originó esta costumbre, pero no sería descabellado pensar que surgiera con los tamborileros de las procesiones de finales del siglo XVIII o comienzos del XIX, de camino a la parroquia desde la que se emprendía el desfile, tocando y armando bulla aprovechando el anonimato que les proporcionaban las túnicas y capirotes con los que desfilaban. Esto es lo que ocurría con los llamados «Nazarenos de la Broma», que no eran más que eso, los muchachos del pueblo gastando bromas a los vecinos y cortejando a las zagalas, ocultos bajos sus atuendos, antes de dar comienzo a las procesiones.

Sea como fuere, aquella costumbre de zurrir tambores al margen de las procesiones fue tomando cada vez más fuerza y arraigando en el muleño, pasando a formar parte de su idiosincrasia. A las autoridades no les quedó otra que regular el toque, asumiendo la costumbre sin poder prohibirla por el gran número de vecinos que participaban de ella.

Es evidente que, desde sus orígenes hasta la actualidad, la tradición ha evolucionado mucho. Sabemos que no siempre se usaron túnicas negras solamente, ni los tambores siempre han sido iguales. Constancia de ello deja el periódico «El Constitucional de Alicante» en noviembre de 1875, donde se dice que «unos jóvenes alegres y divertidos […] se habían disfrazado de nazarenos con trajes de percalina negra, azul o morada y careta, y andaban de acá para allá tocando a tambor batiente por las calles y plazas». Como vemos, los muchachos aprovechaban cualquier túnica de la que dispusieran para vestirse, el objetivo era claro: el anonimato.

También han variado con el tiempo los días y horarios de toque. No obstante, parece que, desde que comenzaran a regularse, el comienzo en la media noche del Martes al Miércoles Santo es una realidad. Hoy en día es la melodía «Llamada a la Tamborada», obra compuesta por el muleño Fernando Belijar, la que da paso al comienzo de la tamborada, pero no siempre fue así. En origen, debió de ser el reloj municipal el marcase la hora de inicio. Es preciso tener en cuenta que en el siglo XIX pocos eran los que disponían de un reloj particular y los que lo hacían no eran muy amigos del toque del tambor.

La ubicación de la Torre del Reloj en la Plaza del Ayuntamiento hizo de este espacio el lugar de concentración de los tamboristas muleños para dar comienzo a la fiesta, convirtiéndose en una costumbre que aun hoy en día conservamos.

Aprovecho estas líneas para desear a mis convecinos una feliz tamborada y así celebrar como merece su declaración, junto con el resto de tamboradas españolas, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Para terminar, me gustaría pedir a todos los tamboristas el respeto a nuestra tradición. Con la colaboración de todos conseguiremos que el inicio de la tamborada sea más emocionante si respetamos el silencio que marca la tradición hasta la media noche.

¡Feliz Noche de los Tambores!