JUAN DAVID SÁNCHEZ

El rol de la mujer en los orígenes del cristianismo ha sido un tema de debate en diferentes estudios, dado que muchos textos, véase la Biblia u obras de los Padres de la Iglesia, se han interpretado desde diversas posturas o actitudes. Lo cierto y verdad, es que el papel de la mujer en la antigüedad y precisamente en el cristianismo ha sido muy significativo, sobre todo lo vemos reflejado en el Antiguo Testamento donde nos presentan a las profetisas o heroínas.

Desde época judía la mujer ya se venía tratando desde una tradicional óptica androcéntrica, y se demostró en su ausencia de la vida pública. El papel secundario de la mujer, su subordinación al hombre, se hacía fundamentar en el mismo relato bíblico. En éste, el Génesis presenta el nacimiento de Eva de la costilla de Adán, resaltando, además, su sometimiento a la tentación del maligno, que le lleva a comer la manzana, y con ello, “arrastrar” al hombre al pecado, suponiendo en último término, el destierro del Paraíso y la condena del género humano.

En el mundo judío, por tanto, así como en el cristiano, tan íntimamente ligado a aquel, se perpetúa esa visión negativa, haciendo recaer sobre la mujer un papel de culpa. La Patrística, de hecho, abundará en estos tópicos, asignando frecuentemente a la mujer el papel no solo de sexo “débil”, sino también, en ocasiones, “maléfico”, jugando el rol de “tentadora”, causa de la perdición del hombre. Con todo, en la misma Biblia ese papel de la mujer encuentra su contrapunto en María, madre de Jesús, y así, fundamental en la salvación del cristiano, como intercesora. Frente a la mujer pecadora, el prototipo de maternidad bondadosa y entrega absoluta. En este estado de cosas, si la mujer había sido causante del pecado original, también, en último término, acaba siendo fundamental en la misma redención.

Por otro lado, también se pone de manifiesto la ausencia de otras tantas figuras femeninas, como “Dina”, que son mencionadas en las escrituras bíblicas, pero que por el contrario no son representadas, y que, autoras como Carmen Yebra justifican que se trata de funciones pedagógicas-doctrinales.

Dicha concepción “binómica” de la mujer, antitética, fuertemente anclada en la religión judeocristiana, se trasladó al arte, donde, frente a la diversidad de roles masculinos, se despliega un limitado abanico de figuras femeninas, ya encarnación del bien o del mal.

Así las cosas, es difícil conocer el lado positivo de mujeres como Eva o Susana, ya que el peso que recae sobre ellas mediante las imágenes no nos deja verlo. Estamos acostumbrados a ver la imagen de Eva como pecadora, pero no como una mujer que ha sido madre de familia. En el mismo orden de ideas, existe un contraste a la hora de hablar de otras figuras femeninas como son el caso de Judit o María, la primera como símbolo de valentía y la última presentada como la vía de salvación que nos redime del pecado. Esa visión “positiva” también es exaltada en las alegorías en las sagradas escrituras a las heroínas o vírgenes.

En lo que a los Padres se refiere, fundamentales como autoridad para fijar el corpus doctrinal y, con ello, el repertorio iconográfico del arte cristiano, siempre mantuvieron la idea de inferioridad de la mujer. El propio San Agustín escribió que solo el hombre es imagen de Dios.

En cualquier caso, no todo fue menosprecio a las mujeres por parte de los Padres de la Iglesia, pues de la misma forma que María encarnó el prototipo de mujer piadosa, cuyas virtudes fueron desglosadas en la mariología, también hubo otras mujeres que recibieron alegorías positivas y cargos honorables, como es el caso de las Viudas o de las diaconisas, que formaron parte de la vida eclesiástica. Resulta curioso que por un lado, se tenga una concepción negativa sobre la mujer mientras que por otro lado, a la misma vez, formen parte de la misma jerarquía.