GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Dicen que el corazón tiene razones que la razón desconoce. O lo que es lo mismo, que el amor ese ese sinsentido que nos da la vuelta, nos arrastra y nos deja siempre en el sitio donde no debemos estar, frente a quien no debemos ver y mucho menos querer. Eso le pasó a Constante Lloyd una noche de fiesta cuando conoció a Oscar Wilde. Que el amor la arrastró por un camino que no era el suyo directamente hasta la tumba con tan solo 39 añoConstance Wildes.
De aquella joven morena de ojos violetas que se casaría con el famoso escritor Wilde se sabe poco más que nació un 2 de enero de 1859 en Dublín y que conoció a Oscar en una fiesta en Londres, cuando este ya era un escritor consagrado y un dandy irresistible con un pico de oro que enamoraba, lo mismo a hombres que a mujeres.
Se casaron cinco años después, en 1884, en una boda espectacular y se fueron de luna de miel a París. Hasta tuvieron dos hijos. Todo perfecto a la luz de la sociedad londinesa. Pero como el reflejo de Dorian en el espejo, todo no era más que eso, un reflejo de lo que no era, un realidad que no era tal alimentada por el amor de ella que cerraba los ojos a los vicios de él, que eran muchos y poco discretos.
Mientras el escritor entraba y salia con jóvenes hermosos y bien pagados, la señora de la casa se dedicaba sus esfuerzos a muchas cosas: el espiritismo, el arte, la religión y la literatura; tocaba el piano, pintaba al óleo, se gustaba la fotografía, hablaba francés y leía italiano; escribió cuentos para niños, que reunió en un volumen, cultivó el periodismo y aunque parezca increíble, se implicó directamente con la causa del feminismo, reclamando la creación de clubes sociales exclusivamente para mujeres.

En La biografía ‘Constance: La vida escandalosa y trágica de la señora Wilde’, escrita por Franny Moyle, este cuenta su atormentada vida a partir de 300 cartas escritas por Constance que nos descubren una mujer generosa, pero atormentada por un amor que no la dejaba avanzar.
En algún momento debió ser feliz con Oscar, porque cuando vino a abrir los ojos del sueño en que vivía, fue de golpe y sin anestesia.
Constance vivió la tragedia de su marido, condenado por homosexualidad en un juicio humillante, en silencio, escuchando como el padre de sus hijos aceptaba que no habían sido sus ojos violetas y su pelo moreno los preferidos de su marido, sino los de aquel marqués de ojos negros y pelo rubio(retorcido, difícil, egoísta, hedonista y ambicioso) que se sentaba junto a él en un tribunal donde los juzgaba todo Londres.
Y no sólo a él, juzgaban también a sus hijos, como hijos de lo antinatural, así que decidió marcharse, cambiar a sus hijos el nombre y hasta el apellido y refugiarse en Génova. Aún así, nunca se olvidó de Wilde, al que visitaba y mandaba dinero para sus gastos en la cárcel, hasta que este, en el colmo del egoísmo, utilizó el dinero que ella le había enviado para viajar a ver a sus hijos para irse de finde con el marqués. Después de aquello, le obligó a renunciar a la paternidad. Al fin y al cabo, nunca había sido padre nada más que de sus obras.
Pero la mala suerte que había tenido en el amor la vino acompañar en la muerte, y con tan solo 39 años una mala caída y su posterior operación la llevaron directamente a una tumba donde, después de todo lo que había pasado por él, ni siquiera figuraba su nombre:»‘Constance Mary, hija de Horace Lloyd’.
Años después, cuando estaba a punto de morir y entonces queremos redimir las penas causadas, Wilde viajó a su tumba: «Deposité unas flores. Aunque me sentía profundamente afectado, era plenamente consciente de la inutilidad de lamentar nada de lo ocurrido. Nada hubiera podido ser de otro modo. La vida es algo terrible».
Eso debió de pensar ella cuando miraba a los dos amantes juntos en el banquillo: «señor, si no era para mi, ¿Por qué lo pusiste en mi camino?.
La vida es algo terrible.