Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Estoy hasta los mismísimos de los niños y de las niñas de papá que, de repente, se hallan enganchados a la droga sin una explicación aparente y mostrando un mal ejemplo terrible para el resto de los jóvenes. Aducen en su disculpa que no recibieron en su infancia una correcta educación sentimental, que sus padres, atareados en sus muchas labores de artistas, no tuvieron tiempo para ellos y les permitieron todos los caprichos a cambio o los dejaron en un internado para que otros se ocuparan de su educación, lejos del calor de la familia; con los años han quedado relegados por la fama de sus papás o no han mostrado el talento de sus progenitores o no han querido luchar por un lugar en el mundo.

Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Estoy hasta los mismísimos de los niños y de las niñas de papá que, de repente, se hallan enganchados a la droga sin una explicación aparente y mostrando un mal ejemplo terrible para el resto de los jóvenes. Aducen en su disculpa que no recibieron en su infancia una correcta educación sentimental, que sus padres, atareados en sus muchas labores de artistas, no tuvieron tiempo para ellos y les permitieron todos los caprichos a cambio o los dejaron en un internado para que otros se ocuparan de su educación, lejos del calor de la familia; con los años han quedado relegados por la fama de sus papás o no han mostrado el talento de sus progenitores o no han querido luchar por un lugar en el mundo.

Me da la impresión a veces de que me están tomando el pelo y de que lo hacen adrede, porque para ellos, ustedes y yo, la gente de la calle, no somos nadie, seres anónimos y sin brillo que nunca entenderán los muchos traumas y la penosa existencia que han vivido ellos en exclusiva, de colegio de pago en colegio de pago, de nurse en nurse, de vacaciones de invierno en la nieve a cruceros en verano.
La madre que los parió a todos. Recuerdo a mi amigo Jacinto el día que me confesó que se salía definitivamente de la escuela, en quinto curso, porque se iba a trabajar a la serradora, de mis primas Rosa y Maricruz que han trabajado desde los once años en labores duras y durante muchas horas al día, pero también en los que nos buscamos el futuro aprovechando la extraordinaria oportunidad que nos ofrecían los estudios, aquellas becas sagradas concedidas gracias a un bajísimo nivel económico y a unas excelentes notas académicas.
¿Cómo se me van a olvidar los días y las noches de estudio, las privaciones de mi familia y las mías propias, los nervios de los exámenes que eran cruciales para mantener la beca y esa última y terrible prueba de las oposiciones que aparece en mi mente como un duelo contra un destino canalla y cimarrón que no quería dejarme pasar, pero que no tuvo más remedio que hacerlo.
Y así los que estudiaron alguna especialidad de Formación Profesional, los que se aplicaron a algún oficio y aprendieron sus secretos lo antes posible para aprovechar la ocasión y ganarle la partida al futuro, los que estuvieron atentos a ese tren de la vida que pasa una sola vez y que debemos tomar para llegar a alguna parte triunfales o satisfechos, al menos, de haber hecho el viaje.
Por eso me molesta tanto que estos mindunguis lloren con una mezcla de debilidad y de cinismo su inmerecida buena suerte y se lamenten del modo más impropio por no haber recibido el cariño necesario y por haberse equivocado de senda, de haber tomado la dirección errónea, de que nadie los llevara por el buen camino.
Me pregunto a veces con una punta de brutalidad moratallera, pero necesaria en muchos casos, si lo que necesitaron en su día no fue una manta de bofetadas a tiempo y algunas temporadas en la vendimia de Francia o en los invernaderos de Cartagena reflexionando, con las manos heladas o empapados en sudor, entre las cepas o entre las plantas de berenjenas y pimientos acerca de su porvenir, mientras nosotros apretábamos los dientes y nos aguantábamos, porque había que echar una mano a la familia, que no andaba de gira musical o de teatro en teatro precisamente, y que nos quería del modo sobrio y verdadero como ha querido siempre el pueblo, sin tantas palabras, zarandajas y majaderías.
Y la droga ni tocarla, que no teníamos ni un duro y necesitábamos estar despejados para el examen del lunes.
¡No te jode!