Fotografía de Elena Merino

 

Microrrelatos de José Oscar López

 

LA MÁQUINA

Al final del verano, empezamos a construir una máquina. Nos sentíamos muy inspirados, quizás por el buen tiempo; tanto, que trabajamos febriles y con gran aplicación, pero sin plantearnos en ningún momento para qué podía servir. La terminamos pronto, a finales de septiembre, y una gran alegría nos embargó. Solo entonces nos preguntamos, perplejos, para qué demonios serviría. Dudamos antes de encenderla, pero había sido un trabajo apasionante y sentíamos urgencia por comprobar el resultado.
Encendimos la máquina. Funcionaba a la perfección. Nos felicitamos, estábamos exultantes. Creo que con ningún otro de nuestros trabajos habíamos obtenido una satisfacción así. Pero quedaba sin resolver el problema de su finalidad. Le dimos muchas vueltas, pero nos esperaban más trabajos. Casi todos nosotros debíamos colaborar con otros equipos, cambiar de compañeros, y no sabíamos cuándo iríamos a coincidir todos de nuevo en otro proyecto. Así que decidimos guardarla —¿esconderla, olvidarla?— bajo tierra.
Yo aún trabajo aquí, muy cerca del lugar que elegimos para enterrarla. A veces paso sobre ella, caminando, y la sé ahí abajo: perfectamente operativa, aunque la tierra no deje escapar de su vientre su ruido, su pequeña música repetitiva y mecánica. Me basta con saber que sus motores y engranajes insisten dando vueltas, y arrastrando sus correas y los émbolos. Me basta con saber que van a hacerlo siempre. Ya no me proporciona solamente alegría, al pensarlo, sino también seguridad. De hecho, saber que esa máquina funciona todavía es lo único que me hace sentir seguro, la única garantía de que la realidad va estar ahí cuando despierte, cada mañana.
Sé que los otros constructores, desde sus rincones respectivos del planeta, también piensan en ella en estos términos. Sospecho que, como yo, tienen miedo. Miedo de que, alguna vez, la máquina se pare. Que deje de funcionar. Y que el resultado sea impredecible, desastroso.

 

LOS MALOGRADOS

Entré en la enorme sala y vi a esos seres terribles y perfectos, observándome en silencio. Tuve miedo. Me di la vuelta hacia unos ventanales por los que pude contemplar las montañas que yo había atravesado para llegar aquí, a este lugar que había confundido con el pajar de la granja de al lado. Y vi a alguien, normal en apariencia, saliendo de la granja y acercándose.
—Seres igual a dioses —dijo cuando entró—, es lo que he estado construyendo desde el albor de las eras.
Traté de enfrentarme a él sin enfrentarme a esos seres. Notó mi pánico. Seguía acercándose.
—Comprendo tu temor —continuó—. Son lo que tú jamás podrás llegar a ser. He logrado tan solo dos decenas, a lo largo de milenios. En cuanto a los seres fallidos…, debo contarlos por millones. Por miles de millones.
—¿Y qué hace con ellos?
—Los he ido soltando. Se han extendido por la Tierra —respondió mientras recogía una pala del suelo, ya junto a mí—. Al principio, los enterraba tras sacrificarlos. Pero sentía lástima y decidí dejarlos que escaparan, que se reprodujeran lejos. Son los que tú llamas tus semejantes, ni más menos que la raza humana.
Había alzado la pala sobre su cabeza, tensando sus ancianos músculos.
—Es extraño, ninguno supo hasta ahora desandar el camino de vuelta —añadió antes de golpearme.

 

AMBICIÓN
A Manuel Moyano

—Todos nuestros esfuerzos son inútiles —dijo a su ayudante, y ambos dejaron de pedalear a lomos del nuevo ingenio que habían terminado de construir esa misma tarde; efectivamente, el Sol y la Tierra continuaban su marcha sin apartarse un ápice de sus senderos prefijados: el astro se escabullía bajo una de las lindes del planeta, y él y su ayudante contemplaron impotentes cómo retornaban alrededor de ellos las sombras.

 

LA DESAPARICIÓN DE KELLERMANN

El cosmólogo Thomas Kellermann recibió una visita inesperada la noche del tres de diciembre de 1974. Su sirvienta habló de unos bisbiseos demorados, que ella pudo oír desde su dormitorio, muy cerca de la entrada. Tras media hora oyó también que la puerta de casa se cerraba y no le dio más importancia, entendiendo que el viejo profesor regresaba a su dormitorio. Así les explicó a los investigadores del caso. Dos semanas después, el anciano seguía sin aparecer. Solo entonces, los medios empezaron a prestar atención a una carrera menor, y muchas de sus teorías empezaron a discutirse por primera vez en las universidades y en los medios.
Cuanto más lo hacían, más conspiraba el cosmos por adecuarse a ellas. Ahora que todos leían sus principios y teorías, por fin se entendían muchos movimientos misteriosos de la materia que no habían logrado ser explicados hasta entonces. Todo encajaba en los papeles del desaparecido Kellermann. Las estrellas y todo el universo se movían en homenaje a él.
Pero el investigador apareció una buena noche en un descampado a las afueras de su ciudad, sin guardar recuerdo de los meses que había sido dado por desaparecido. Parecía con buena salud. Los distintos patrones y sistematizaciones que poblaban sus libros y apuntes dejaron de encontrar reflejo en el funcionamiento de la realidad. Nuevas apreciaciones y consideraciones devolvieron sus diagramas, ecuaciones y concepciones a su diminuta condición previa.
Todos abandonaron y olvidaron sus teorías. Ignorante de que durante un breve espacio de tiempo sus estudios habían determinado la gran sinfonía del universo, Kellermann vivió bastantes años más en su modesta laboriosidad y la felicidad de su vida solitaria y tranquila, inofensiva, perfectamente anónima e irrelevante.

 

LA TORRE

Querían construir una torre, la torre más alta jamás construida, una que llegara hasta el cielo. Pero apenas empezamos a trabajar en ella, comenzaron los problemas económicos. Nos pagaban cada vez menos y había meses que ni siquiera nos pagaban. No paramos de trabajar, pues hacerlo estaba castigado con la muerte; pero perdimos el miedo a desentendernos de quienes nos dirigían: no solo fingíamos no entender, sino que respondíamos al azar, frases cualesquiera y sin relación alguna con las preguntas o las órdenes de nuestros patrones.
La verdad es que empezó a parecernos divertido, tanto que jugamos a hacerlo entre nosotros. Pronto probamos a inventar palabras, y de ahí a tratar de crear idiomas nuevos había un paso. Imposible el acuerdo para un proyecto tan fenomenal, y antes de que ese monstruo de piedra crezca amorfo y en todas direcciones, hemos sido todos devueltos a nuestras casas. Un ejército de albañiles y obreros, decenas de miles, volvemos al hogar con una sola idea: enseñar a nuestras familias cada una de nuestras nuevas lenguas, únicas e intransferibles, y seguir con esta broma magnífica que supera, sin duda, en fantasía y en fenomenal al proyecto de esa torre insensata.

 

José Óscar López (Murcia, 1973). Su nuevo libro, Fragmentos de un mundo acelerado (Balduque, 2017), está integrado por relatos muy breves e hiperbreves. También es autor del libro de relatos Los monos insomnes (Chiado, 2013), de la novela breve Armas de fuego místico -incluida en en el volumen colectivo Extraño Oeste (Los Libros del Innombrable, 2015)- y de los poemarios Vigilia del asesino (Celesta, 2014) y Llegada a las islas (Baile del Sol, 2014).