TERESA VICENTE

Para un escritor es toda una aventura acudir a una Feria del Libro para firmar una nueva obra. Tengo un miedo terrible a estar detrás del expositor y que nadie se pare. Pero cuando la presentación se hace en tu ciudad, todo resulta más fácil. Si crees que no acudirán muchas personas a verte, puedes invitar a que pasen por la caseta a toda tu familia y amigos, para apoyarte. Luego aparecen otros conocidos. Algunos se acercan a decirte “¡Anda! ¿Tú escribes? No tenía ni idea”. La mayoría sí que lo saben, sienten curiosidad por ti y compran un libro. Lo más excitante es cuando son desconocidos los que se acercan y quieren que les firmes un ejemplar.

La Feria del Libro de Murcia tiene un lugar privilegiado, de continuo paso entre la ciudad vieja y el ensanche al norte, rodeada de viejos plátanos, y profusamente salpicada de bares y cafeterías. Por eso es un aliciente que al final de la sesión, tu editor —recuerdo especialmente cuando lo hizo Paco Marín de La Fea Burguesía— te invite a una pequeña tertulia alrededor de unas cervezas.

En Madrid es diferente. La Feria del Libro es un monstruo que te engulle: tanta gente, tanto escritor conocido, tanto libro, tanta caseta… tanto calor. Un día en que temía que no viniese nadie —mis conocidos en Madrid son escasos—, ocurrió que, por la tarde, espaciadamente, aparecieron en la caseta un montón de niños con sus madres que venían a comprar “la poesía de Teresa Vicente”. Era inexplicable. ¿Quiénes eran? Al final, ya cayendo la noche, se aclaró todo. Una prima mía, había recomendado mis libros con tanto entusiasmo a sus alumnos que más de media clase lo adquirió. Otro día, vi a un chico que cogió uno de mis libros, farfulló algo sobre que iba a ojearlo y desapareció. Pensé que lo había sustraído. Así, cuál no sería mi sorpresa cuando volvió a las dos horas y me dijo que le interesaba comprar el libro: le había gustado. Me recriminé mentalmente por ser tan mal pensada. También recuerdo a un grupo de hombres, con pinta de intelectuales, que se pararon ante mí y estuvieron leyendo algunos de mis poemas y comentándolos favorablemente. ¡Qué bien! pensé yo. Les intereso. Luego depositaron otra vez el libro sobre el mostrador y aclararon al editor que no se lo llevaban porque solo compraban libros de gente ya consagrada. Me quedé chafada. Con esa mentalidad ni Shakespeare hubiese triunfado.

Cuando fui a la Feria del Libro de Sevilla, temí lo peor. Ahí sí que no conocía a nadie. Se desarrollaba en la Plaza Nueva, un espacio rodeado de naranjos, palmeras y plátanos. Nada más sentarme en la caseta de la Editorial Renacimiento, apareció un grupo de murcianos amigos de cuando jóvenes, que hacía años que nos los veía. Adquirieron libros impulsados por la amistad. También acudió algún profesor de la Universidad de Sevilla, amigo de mi marido. Pero lo más emocionante fue cuando me dijeron que leyese mis poemas en una de las tarimas instaladas para ese fin. Empecé a leer, y se debieron de juntar todas mis estrellas del firmamento, porque bastantes de las personas que transitaban por la plaza se sentaban y escuchaban el improvisado recital. Me sentí como el Flautista de Hamelín, pero con el verso en lugar de la flauta. Más tarde varios de ellos pasaron a que les firmase libros.