FRANCISCO SANDOVAL

Las ermitas son edificios muy particulares y cargados de interés histórico en nuestra Región. No son solo “templos pequeños”, y es que después de trabajar sobre ellas en la carrera descubrí datos muy interesantes.

En la Edad Media, la ermita no se entendía como centro espiritual y neurálgico del pueblo. Tenía un fuerte carácter de auxilio y protección, era el primer edificio en el que uno podía encontrar atención al llegar a una población, ya fuese para curar heridas o para conseguir avituallamiento tras un largo viaje, por lo que muchas veces se asociaban a los caminos de entrada a una población. Así surgió la ermita de San Jorge en Caravaca, hoy desaparecida, y que se situaba al principio de la puentecilla, próxima a la fuente de las Caballerías. Esta ermita estaba a la entrada del tradicional camino de Murcia. O la de San Bartolomé, junto al Puente Uribe, también desaparecida.

Además de atención al viajero, las ermitas podían tener una connotación defensiva también. Así sucedía en algunas del municipio de Mazarrón. La ermita de Bolnuevo, por ejemplo, está junto a la llamada “Torre de los Caballos”, una torre vigía junto a la costa para anticiparse a cualquier incursión por mar. Y de este modo, se reparten unas cuantas ermitas por el término de Mazarrón, entendidas como la primera línea defensiva frente a la costa, pero también el primer punto de socorro para quien regresaba en barco a su tierra.

Muchas de estas ermitas de Mazarrón se levantan durante los siglos XVII y XVIII, pues existe la amenaza de la piratería berberisca. Sin embargo, en Caravaca, con la conquista de Granada por los Reyes Católicos las amenazas bélicas prácticamente desaparecen. La ciudad se desarrolla a partir de unos ejes principales como lo son la Calle Mayor o la Calle de las Monjas. En estas calles se disponen los edificios religiosos, así como en la Corredera encontramos también dos iglesias importantes. Sin embargo, la conocida como Ermita del Santo no está en ninguna de estas vías principales, sino que se halla en lo alto de un promontorio, y pasa inadvertida para el viajero que se circunscriba a los itinerarios de la ciudad renacentista. Y es que para entender esta situación debemos volver a la Edad Media.

La citada ermita se advoca a San Sebastián, invocado contra la peste y los enemigos de la religión, y se construyó en un arrabal ubicado en un cerro al suroeste de la villa medieval, un estratégico lugar desde el que se divisaba la huerta caravaqueña y el camino de Granada. En Cehegín, la ermita advocada a este mismo santo se ubica a fuera de la ciudad, como anticipándose a ella, y data del siglo XV.

La sobria arquitectura que presenta al exterior la ermita de San Sebastián de Caravaca tiene en su interior una estructura de arcos diafragma apuntados (arcos que se repiten a lo largo de la nave y sobre los cuales no hay una bóveda, sino directamente el tejado), que sostienen una cubierta de madera a dos aguas. Esta es una tipología muy usada en la Corona de Aragón por entonces. Aunque más interesante aún es la relación que establece el arquitecto caravaqueño Rafael Marín en lo que a la cabecera del templo se refiere. Se trata del elemento de mayor valor del edificio: una hornacina rodeada de pinturas tardogóticas. Y es que la forma que presenta es similar a otras obras que podemos encontrar en los siglos XV y XVI en Valencia. Todos estos datos nos sugieren el grado en el que las repoblaciones levantinas de nuestra zona influyeron en la arquitectura.

La ermita del Santo es uno de los edificios de Caravaca del que menos se ha escrito, y sin embargo no por ello es menos interesante. Aquello que hemos descrito de su interior tiene más años que la actual basílica de la Vera Cruz o que la iglesia de El Salvador.

Quien no conozca el edificio no podrá anticipar desde fuera lo que tiene en su interior. La consolidación del interior de la ermita requiere una intervención especializada que ahora no vamos a describir. Sin embargo, sí quiero hacer énfasis en un aspecto del exterior, pues la actuación es relativamente sencilla y mejoraría enormemente este edificio. La fachada, como tantas otras del casco antiguo de Caravaca, está revestida con un tipo de pintura sobre una pared tradicional cuya naturaleza es la libre traspiración. Estas pinturas no le hacen nada bueno a nuestros edificios antiguos, y el síntoma más común que suelen presentar es una superficie cuarteada, con numerosas betas o “grietas” donde se ha desprendido la pintura. Por eso es muy importante volver a restaurar nuestros edificios históricos con los materiales que le son propios y compatibles.