JUAN ANTONIO SÁNCHEZ GIMÉNEZ

FOTOGRAFÍA: PEDRO N. DE GEA

Recuerdo de niño, en las tardes del 1 de mayo la espera de la llegada de la banda de música de los navarros con nerviosismo y entusiasmo a partes iguales. Constituía en aquellos años ochenta de mi niñez (y la de los de toda mi generación) la entrada de bandas el inicio  no oficial de la parte más intensa de las fiestas, la celebración de la víspera de la mañana de Caravaca y la presentación de aquellos músicos que vienen esos días a la ciudad de la Cruz  a deleitarnos con un sinfín de marchas, pasodobles y demás piezas. Más de dos décadas después ese acto sigue siendo un espectáculo digno de disfrutar.

Entrada de bandas

Entrada de bandas

Bajo el marco incomparable de la Gran Vía iluminada y  con el alcázar-basílica de la Santísima Cruz presidiendo el gigantesco escenario, la calle y la gente empieza a vibrar. Y digo vibrar literalmente, porque si bien es cierto que hemos tenido un intenso abril de charangas, pasacalles y cohetería, es la primera vez que vemos en la calle una cantidad considerablemente de bandas al completo, ya que las charangas son sólo partes de las mismas.

Comienza el acto con el ocaso del día, con el cielo ya turquesa y la iluminación  recién encendida con la banda de Caravaca abriendo la calle, tal y como corresponde. Es entonces cuando en un desordenado orden comienzan a llegar las bandas de los grupos y  cabilas participantes. Son cientos de personas los que participan en el acto y de todas las edades, muchos de ellos ataviados con sus chilabas, balandranes, camisas o medallones distintivos. Se pueden ver desde las canosas barbas de los más veteranos, cuidadosamente preparadas, así como a madres con los cochecitos de sus niños, los abuelos, los jóvenes desfilando eufóricos, los tíos de Barcelona, y los simpatizantes en general que han ido a la merienda cena que normalmente todos los colectivos participantes suelen organizar.

Entre esta masa humana heterogénea y  multicolor aparece la amazona del Bando de los Caballos del Vino bellísima; viene de la plaza del Hoyo disfrutando de cada segundo de estos momentos únicos. Y junto a ella el caballo victorioso en la tarde del 1, con su elegante silueta, y mimado y aclamado por su  peña. Cual río de montaña en primavera, la Gran Vía se llena. No hay más que verla desde su confluencia con la Puentecilla. El río ya desbordado desemboca en la plaza del Arco, donde van llegando y acumulándose las bandas y sus gentes. Es hermoso contemplar como el arco hace de caja de resonancia de los timbales de las  bandas que al entrar hacen que se incremente con sus ritmos  la ya presente emoción del ambiente.  El final del acto, que se caracteriza por su espontaneidad se torna solemne cuando por megafonía se pide silencio porque se va a interpretar el himno de Caravaca. Comienzan las primeras notas y la multitud presente, al principio titubeante, pero cada vez con más decisión y alegría. Hasta llegar al final, coronado por un gigantesco aplauso y los vítores de los más jóvenes. Esta es la entrada de bandas de música de Caravaca de la Cruz y la interpretación de su himno como lujoso colofón. Es así; un acto informal, emotivo, espontáneo y multiforme.

Una vivencia que quizás los medios de comunicación al cubrir nuestras fiestas pasen un poco por alto, más que por otra cosa por lo apretado de los actos o por desconocimiento del mismo. Qué pasen y vean. No sé si habrá sitio en su columna informativa o no, pero a buen seguro disfrutarán y se impregnarán de la fiesta en estado puro.