JOSÉ ANTONIO  MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Tras mis publicaciones sobre “La Cruz de Caravaca en América” (Catálogo de la exposición “La Ciudad en lo alto”. Cajamurcia, 2003) y “La Cruz de Caravaca en Cuba” (semanario “EL FARO” 24 y 31 de enero de 2006), es preciso añadir nuevas aportaciones a la investigación en curso, ya muchos años, sobre la “Cruz de Caravaca en los programas iconográficos decorativos del arte colonial americano”.

Bien es sabido que la imagen y también la devoción a la Reliquia Caravaqueña, la llevaron los misioneros franciscanos y jesuitas al Nuevo Mundo durante el proceso de evangelización del mismo, coincidente con el de la conquista y colonización de las nuevas tierras, allende los mares. La fama de milagrosa que la envolvía (y sigue envolviéndola) y su invocación y protección cuando los fenómenos naturales azotan, sin que el hombre, con sus propios recursos, no pueden hacer nada contra ellos, calaron muy pronto en la mentalidad de los indios, quienes no tardaron en asumirla entre sus devociones públicas y privadas, colocándola muy pronto en lugares bien visibles de las nuevas construcciones católicas, como protectora de vidas y haciendas ante dichos fenómenos naturales de imposible control humano.

A lo ya sabido, he podido comprobar recientemente en la isla de Cuba, la presencia de la Cruz de Caravaca rematando las dos torres que flanquean la fachada principal de la catedral de Santiago, en clara alusión a lo ya dicho, como protectora de la población santiaguera ante huracanes y tifones tan frecuentes en el Mar de Las Antillas, que tanto sufrimiento causan a los habitantes de la costas del mismo.

Muchos kilómetros al oeste de Santiago, en La Habana, conocíamos dos presencias de la Stma. Cruz, una de ellas en madera, embutida en el muro achaflanado de un edificio en el cruce de las calles “Amargura” y “Mercaderes”, y otra de hierro forjado, rematando la fachada de la capilla de la “Orden Tercera” de S. Francisco, en la C. “Oficios” de dicha ciudad.

La primera de ellas es conocida por los habaneros como “La Cruz Verde” (por el color en que está pintada), y es la única de las catorce estaciones de un antiguo “via-crucis” construido por los franciscanos en el S. XVII en el entorno del gran complejo arquitectónico que erigieron estos religiosos en la capital cubana. El resto de las estaciones desaparecieron con el paso del tiempo, y sólo ésta permanece, embutida en el muro de un edificio dedicado en la actualidad a museo del chocolate. Tras las discretas concesiones del gobierno cubano a la Iglesia Católica para la práctica del culto en la isla, el lugar ha vuelto a recobrar su antigua misión, y desde el 25 de marzo de 2003 se vienen celebrando vía-crucis cuaresmales por el antiguo trazado, con parada solemne ante la “Cruz Verde”, que el Cronista que suscribe se ha encargado de informar convenientemente, y aclarar a las autoridades culturales de La Habana, pues para todos era hasta ahora desconocida la Cruz de Caravaca que no identificaban con la “Cruz Verde habanera”.

La segunda presencia, como dije antes, es la fabricada en forja y colocada, desde el S. XVII, sobre la fachada de la capilla de la “Orden Tercera de S. Francisco” que, junto a la iglesia y los conventos de frailes y monjas, se integra en el complejo arquitectónico franciscano que abre sus puertas a la C. “Oficios”. Hoy dicha capilla es una “Sala de Teatro de la Orden III”.

En la iglesia del viejo convento, desamortizado en 1835 como en el resto de las tierras españolas a uno y otro lado del Atlántico, se exhiben las colecciones de objetos religiosos propios del ajuar del mismo y, entre otras piezas se muestra una Cruz de Caravaca fabricada en metal plateado, con sus angelitos y grabados del cura Chirinos, igual a la que se conserva en el museo de la Catedral de Murcia y estamos tan acostumbrados a ver en las casas de nuestros abuelos, de las que, según muchos, colocadas en las puertas de las casas cuando hay tormenta, se abre.

Cercano al complejo franciscano se ubica la majestuosa edificación de lo que fue “Palacio de los Gobernadores Españoles”, sede actual de la Oficina del Historiador de la Ciudad (un cargo parecido al de Cronista Oficial en España, pero con competencias en materia de patrimonio histórico, y con sueldo). En el museo ubicado en su planta baja, se muestra, en acondicionada vitrina, otra Cruz de Caravaca metálica, pectoral como la anterior, y de fabricación indígena, con programa iconográfico alejado del habitual caravaqueño.

El cronista que esto escribe tuvo oportunidad de entrevistarse, como ya he dicho, con la adjunta al Historiador de la Ciudad, Lesbia Ocaña, con la directora del Archivo Histórico Magalys Torres y con el director museólogo del Museo de S. Francisco Emilio Sarandeses, con quienes tuve una muy interesante conversación en el transcurso de la que les aclaré conceptos sobre la Cruz de Caravaca que ellos desconocían, a cambio de la promesa de remitirme la información que vayan recopilando sobre la iconografía de nuestra Reliquia en La Habana y en el resto de la isla de Cuba; información que prometo ir ofreciendo a través de las páginas de EL NOROESTE en próximas entregas.