José María Marín Martínez

La crisis que comenzó en 2008 y aún no sabemos cuánto durará ni el alcance real de sus consecuencias, no es una crisis más de las que cíclicamente sacuden al capitalismo, sino un fenómeno extraordinario de mucho mayor alcance. Desde la Revolución Francesa (1789) hasta hoy, hemos asistido en Europa -con algunos altibajos, consecuencia de las guerras y los reajustes propios del sistema- a un ciclo largo y continuado de mejora de las condiciones de vida de la gente; lo que ha permitido, a su vez, que -especialmente desde el final de la II Guerra Mundial (1945)- se desarrollara una extensa clase media que se ha convertido en la columna vertebral de nuestro sistema social. Pero este período de progreso social para todos, que tiene como expresión más visible el estado de bienestar, impulsado a partir de 1950 por la socialdemocracia europea, está hoy seriamente amenazado y podría estar tocando a su fin. Trataré de explicarme:

El progreso económico, político y social que hemos conocido en Europa, no ha sido tanto el fruto de revoluciones triunfantes, como el producto de pactos y concesiones arrancados por los sindicatos y partidos de izquierda a quienes detentaban la riqueza, a cambio de evitar una auténtica revolución que transformase por completo las cosas. Es interesante recordar aquí las palabras del historiador Joseph Fontana: «Buena parte de los avances sociales han sido consecuencia del miedo de los grupos dominantes a que un descontento popular y masivo provocara una amenaza revolucionaria que derribase por completo el sistema”.

Desde la Revolución francesa, los ricos han vivido siempre rodeados del miedo a que pudiera haber una revolución que cambiara el mundo y les quitara lo que tenían. Primero temieron a los jacobinos; y luego, sucesivamente, a los carbonarios, los masones, los anarquistas, los comunistas… A partir de esos miedos, los sindicatos y partidos de izquierda consiguieron pactar concesiones a cambio de no atentar contra el orden social establecido, que era el que interesaba a los poderosos. Pero ese pacto, que llevaba implícito un reparto equilibrado del aumento de la riqueza entre el capital y los trabajadores, ha sido violado por el primero y está ahora saltando por los aires.

La crisis de 2008 ha puesto de manifiesto, entre otras, cuatro cuestiones fundamentales: 1.- La política está ahora claramente supeditada a los intereses de una pequeña minoría que domina por completo la economía. 2.- Esta minoría que acumula la riqueza ha perdido el miedo tras la caída del Muro de Berlín (1989), y ha dejado de sentir la amenaza de fuerzas que, de verdad, pudieran cambiar el sistema, lo que le ha permitido romper los pactos con las fuerzas del trabajo. No hay más que ver, a este respecto, cómo en esta crisis los banqueros han desencadenado el empobrecimiento global de toda la sociedad y el enriquecimiento particular de su propio grupo (jubilaciones escandalosas y multimillonarias de directivos de la banca, desahucios salvajes, cierre del grifo de los créditos…). 3.- La crisis está sirviendo como coartada a la derecha conservadora para deshacer las bases ideológicas y económicas del estado del bienestar (reforma de la ley del aborto, endurecimiento de la política educativa, creciente privatización de la sanidad, rebaja anunciada de las pensiones, etc., etc. Y, además: grandes recortes salariales, despidos baratos y masivos, falta de eficacia en la lucha contra la huida de capitales a paraísos fiscales, amnistía fiscal para los grandes defraudadores, baja presión impositiva a las grandes fortunas, etc.). 4.- Impotencia y falta de liderazgo en los sindicatos y partidos de izquierda para defender las políticas de progreso, que constituyen sus señas de identidad.

La izquierda debe recomponerse, y sobre todo, debe hacer propuestas que no sean sólo tímidas adaptaciones a las medidas tomadas por los grandes centros financieros. Debe plantar cara a la reacción y hacer frente a las derivas de un sistema económico exclusivamente orientado al beneficio y la especulación financiera. Debe oponerse de verdad a un sistema que ha logrado dividir como nunca a todos los asalariados. No puede limitarse a dar hoy una respuesta nacional a problemas que son globales. Debe, en fin, aprender a actuar solidariamente y a escala europea.