JUAN LUIS APARICIO
Los comensales brindaban y reían a carcajadas en aquella cena de antiguos alumnos de arte dramático.
Rosario Vicálvaro mostraba su última conquista entre los jóvenes aspirantes a la compañía nacional, pavoneándose ante su eterna contrincante Manuela Vicens, la valenciana a la que en el mundillo llamaban «La Lírios».escritor-juan-luis-aparicioManuela recordó sus años mozos y vino a su cabeza el último adiós de Juan, desde aquella estación de provincias, despidiéndose con el pañuelo por la ventanilla de aquel vetusto tren de los años cincuenta. Nunca volvió. Se hizo famoso, lo supo al ver en una revista que su amor paseaba del brazo de Rosario.
Rosario, coqueta, fue al baño para darse un toque de maquillaje y seguir luciendo de reina.
En el pescado al limón de su enemiga, «La Lirios» vertió todo el contenido de un frasquito, y se marchó de la cena, imaginando que al año próximo podría acudir del brazo de un apuesto joven, como aquel al que tampoco le había salido tan caro pagar para seducir a Rosario…