FRANCISCO SANDOVAL GÓMEZ
¿Han mudado los cánones de belleza clásicos? Es una pregunta que hace ya 100 años, con la aparición de las vanguardias, el auge de movimientos protorracionalistas o las pinturas de Picasso ya estaba en boca de muchos. Hasta el siglo XIX existía la idea de un canon artístico absolutamente inviolable. Se consideraba a la Cultura Clásica de la Antigüedad el sumun del arte, y en el siglo XIX se reconoce a cada estilo con un significado propio. Siguen vigentes los preceptos que Alois Riegl enunció a principios del siglo XX, aquellos que dotan de valor añadido al monumento antiguo por su propia vetustez, mientras que la obra del siglo XX nos complace admirarla impoluta, como recién edificada. Podría encontrarse esto también en obras del último tercio del siglo XIX, como es la Plaza de Toros de Caravaca. En la restauración de su fachada no se tuvo en cuenta la pátina del tiempo, pertenece de alguna manera a los llamados “monumentos modernos”, es decir, su presencia no atisba su ancianidad, sino que -aspectos técnicos más cuestionables aparte- sus vivos colores y sus formas aparentan no haber envejecido. Sin embargo, nos produciría un efecto muy distinto ver la iglesia de El Salvador con una piedra recién labrada o retallada, sin esos signos de ancianidad que dejan adivinar su extensa historia y prolongada existencia.

La visión moderna hacia el pasado juega un papel fundamental en arquitectura. Mientras que en su época se revestían paramentos con mosaicos, frescos o pinturas para cubrir de gala los edificios, disimular la técnica y mostrar una impresión determinada, en la actualidad es precisamente el poder visualizar desnudo el paramento lo que nos da información de cómo se hizo, algo que es herencia directa del llamado Restauro Científico. Si la distinta altura de cada hilada de piedra en una iglesia va en contra de la perfecta simetría y no era lo más estético cuando se edificó, hoy nos da idea de cómo llegaba cada bloque de cantera a obra.
Restaurar es revalorizar. No siempre es al revés, pues no siempre devolvemos un valor genuino e intrínseco al intervenir. Por ejemplo, hace relativamente poco tiempo se pavimentó el canapé del castillo de Caravaca. Se le ha dotado de un valor para poder transitarlo mejor, pero no se ha restaurado nada, no es un pavimento que preexistiera. Tampoco es una invención, pues esos adoquines de color oscuro formando retícula se conocen como “sampietrini” ya que aparecieron en el barroco en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Con ellos se fueron pavimentando las calles de Roma durante los siglos XVI y XVII, y con el paso del tiempo, algo que era genuinamente romano ha conseguido introducirse en los entramados históricos de
gran parte de Europa. Todo el mundo lo percibe como un pavimento acorde al monumento histórico pese a no haberse originado con él. Tanto es así, que estos sampietrini se funden con el pavimento original de la Vía Sacra romana formando un conjunto que no se considera que desentone.
 A diferencia de este ejemplo, nos han conquistado otras actuaciones que sí son de dudosa aceptación si queremos que prevalezca lo genuino. Muchas veces van asociadas a la producción en serie de mobiliario urbano como los extendidísimos y fríos bancos de fundición, ciertas farolas y también pavimentos. No es un problema su producción en sí misma, ni mucho menos, lo es su colocación en entornos históricos bajo una falsa apariencia historicista.
Para conseguir una identidad propia hay que reivindicar lo artesano, no como aquello producido con métodos rudimentarios, sino como aquello producido con un sello propio e inconfundible. Como reflexión personal, y en mi campo que es el de la arquitectura, pienso que en la actualidad es más difícil crear algo verdaderamente innovador debido a la gran cantidad de estilos que ya son pretérito. Sin embargo, no por ello vamos a abdicar de nuestro empeño en aportar algo al mundo, porque entonces solo nos quedaría mimetizarnos. Y eso es algo que hace 100 años ya estaba demodé.