PASCUAL GARCÍA

Existe una vieja superstición acerca del exceso de belleza o de inteligencia, de la reacción que esto podría provocar en los otros y en el mal que le traería a la persona semejante exceso. Se llama mal de ojo y en Moratalla constituía en mis primeros años una enfermedad en toda regla que la mujeres de mayor edad, sobre todo, sabían poner remedio con rezos, ensalmos y rituales muy cercanos a la hechicería, aunque con el más noble de los propósitos. ¡Cuántas veces me mandó mi abuela Rosa a por ramas de saúco a las pocicas, en el principio del camino del cementerio junto a la cañada donde llevábamos a pacer a las ovejas y bajo la tapia del huerto del Antonio el Zorro, a la sazón familia de mi padre y mía también. Mi abuela Rosa que era un ángel, como mi madre, poseía el poder de luchar contra los demonios y conocía un sinfín de oraciones y de fórmulas para combatir todos estos males inconcretos de la superstición y el miedo. Recuerdo la tarde en que la vecina Antonia  entró en la casa de mi abuela alarmada porque uno de los brazos de su hijo estaba más caliente. Mi abuela con su habitual templanza y su  ternura infinita tocó las extremidades del muchacho y me mandó a por saúco para  iniciar la acostumbrada ceremonia de sanación. Aquellas eran escenas habituales en el tiempo al que me refiero y, por supuesto, daban el resulto previsto.

Los bebés llevaban en su carricoche y en su cuna un lazo rojo que desviaba la atención desmesurada del curioso impertinente y aminoraba el efecto nocivo de su excesiva e inconsciente codicia. La inocencia, la ternura y la hermosura debían ser protegidas del mal y los métodos eran variados, secretos y procedían de conocimientos centenarios que habían ido pasando de boca en boca por línea femenina a lo largo de toda la historia familiar. Las abuelas solían enseñárselo en  algunas fechas concretas a sus nietas, que solían ser las receptoras naturales del misterio, porque ha sido siempre la mujer, la hembra la que ha concitado los arcanos del universo y de la creación.

Desde el lugar donde resido por una cuestión laboral asisto apenado y alarmado al número creciente de contagios del Cobid 19 que está sufriendo mi pueblo en las últimas semanas. Sé con una seguridad absoluta que la ciencia, la experimentación y la medicina terminarán poniéndole punto final a esta pesadilla como lo han hecho con otras epidemias en épocas anteriores, pero mientras encontramos el remedio definitivo y somos capaces de ponerlo en práctica, se me ocurre que esta sería una ocasión perfecta para   pedir la ayuda de aquellas mujeres sabias y de edad avanzada que tenían la misión de cuidar de su pueblo de un modo desprendido y generoso con los conocimientos caseros  y hasta es posible que mágicos heredados de sus antecesoras.

Mi abuela curó con la mejor fe del mundo, con la bondad que le caracterizaba y con los métodos tal vez no muy ortodoxos que había aprendido de su abuela a muchos de los que acudieron a ella para pedirle auxilio y consuelo. Así lo hicieron muchas abuelas en aquellos años. No quiero ser pesimista ni apocalíptico, pero hoy me gustaría tenerla cerca para cogerle su mano suave y rugosa, con la que tanto había bregado en su vida, y pedirle un desenlace feliz para esta larga pesadilla que aflige y conmueve de un modo especialmente cruel al pueblo donde nací.

La belleza ha sido siempre peligrosa y ha despertado la envidia de los dioses del Olimpo. Necesitaríamos, y no bromeo en absoluto, un enorme lazo rojo en cualquiera de las sierras que saludan al visitante cuando llega hasta nosotros para exorcizar el mal y guardarnos del morbo de este peste moderna.