Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

La moderna pedagogía ha pretendido, creo que en un exceso de ingenuidad, a veces un tanto perjudicial, solventar todos los problemas de la formación y de la conducta del niño haciendo hincapié en el juego como principal instrumento terapéutico, como si la creación de un mundo paralelo al de la propia realidad, en el que las normas y los acontecimientos tuviesen su correlato en la propia vida, les ayudara a enfrentarse con buen ánimo a los verdaderos problemas de un futuro no tan lejano. El juego sería, de este modo, un simulacro de la existencia, una representación de la propia vida.

Mis padres no jugaron conmigo de crío porque ni tenían tiempo ni les pareció nunca importante. Entonces las cosas eran así y ningún psicopedagogo (ignoro si por aquellos días había ya psicopedagogos) se entrometía en estas rutinas domésticas. Aprendíamos a divertirnos solos, entrábamos en contacto con vecinos y compañeros de clase e íbamos creando poco a poco nuestro círculo de relaciones sociales. La edad, el sexo y ciertas predilecciones nos reunían en torno a unas reglas elementales y a un afán común de pasarlo bien.

En cambio, yo sí he jugado con mis dos hijos desde los primeros meses, no por indicación expresa de ningún facultativo, ni porque ellos acusasen cierta dejadez o soledad, sino porque también yo disfrutaba y porque era el mejor modo de pasar las horas largas, aunque no fueron muchas las ocasiones, en las que por cuestiones de trabajo mi mujer no estaba en casa y yo debía encargarme de los niños.

Excuso decir que los primeros chutes que mi hijo propinó a un balón de plástico los realizó en mi compañía y que transcurridos algunos años, no muchos, le mostré las reglas intrincadas del ajedrez, porque en lo tocante a estrategia él siempre fue por delante; de hecho, muy pronto comenzó a ganarme. También con mi hija he jugado a preparar comiditassobre la mesa del salón, a dormir a sus muñecas y a cuanto capricho femenino y propio de su edad se le fuera ocurriendo. A los dos los enseñé a montar en bicicleta en la calle y las primeras letras con aquellos programas informáticos de carácter lúdico y en algunos cuentos interactivos, a los que fueron aficionándose poco a poco.

Hoy, el ordenador es prácticamente un instrumento de recreo, que muchas familias han adoptado como objeto de primera necesidad y que los jóvenes utilizan con un desparpajo insólito, tal vez porque se hallan más cerca de la niñez y de ese ámbito intuitivo y caprichoso. Los medios de comunicación nos informan acerca de innumerables reuniones y concentraciones online en ciudades importantes, en las que únicamente se juega durante horas, día y noche, en un alarde maratoniano inconcebible, excesivo y acaso, un tanto improductivo, que adquieren casi la categoría de eventos culturales de grandes dimensiones.

Se entretienen los ancianos durante horas en los salones de sus residencias y dejan que el tiempo discurra con una densidad y una lentitud de glaciar. Quizás se olvidan del tránsito de los días y de su destino ineluctable, mientras malgastan sus últimos meses en apostar, envidar, ahogar el pito doble, cantar bingos y comprar billetes de lotería y boletos de los ciegos.

Una multitud diaria y casi en trance apenas parpadea frente al televisor, mientras unos cuantos rostros anónimos responden nerviosos a preguntas de muy diversa índole en un concurso repetitivo y sin gracia. Algunos de estos programas han puesto nombre a toda una época de la historia  reciente de este país. No podemos olvidar experiencias televisivas como el Un, dos, tres…o El precio justo, por poner dos ejemplos bastante representativos.

A este respecto, recuerdo que el año en que debí estudiar los temas para las oposiciones, me enzarcé en muy diferentes actividades, entre ellas, la redacción de una tesis de licenciatura, innecesaria por otro lado, acerca de unos complicados fenómenos fonológicos en unos documentos del siglo XIV, y en la lucha contra la entrada de nuestro país en la OTAN, pero por la noche, mis amigos del barrio y yo íbamos al bar del Pepe del Joaquín y jugábamos al tute subastado durante horas. Cuando aprobé las oposiciones aquel mes de julio, mi amigo Juan, el Pintamonas, aseguraba a quien quería oírlo que nunca lo hubiera conseguido sin aquel concienzudo entrenamiento de las cartas y de las noches. Acaso tuviera razón en el fondo, quién sabe.

Desde los primeros niveles de la escuela, e incluso desde antes, cuando, casi recién nacido, te ponen un sonajero en la mano para que lo muevas y te entretengas con su música primaria hasta ese postrer tramo de la existencia, en el que hemos llegado a la conclusión de que ya hicimos cuanto hemos podido o nos dejaron hacer y, discretamente, nos apartamos del mundo para jugar un dominó después de la siesta y tomar un café en la paz de una taberna en penumbra, tenemos la impresión de que hemos pasado la vida jugando y de que, tal vez, cuando el barquero nos conduzca al otro lado de la laguna, encontremos a alguien conocido esperándonos para echar unas manos al tute y saborear un chato de vino, mientras contemplamos resignados el agua oscura.