GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

«Y como no había manera Carson McCullersde desmentirlos, los rumores crecieron en esplendor y realidad: cada hombre transformó al mundo en aquello que deseaba que fuese».
Así fué en el libro «El corazón es un cazador solitario» pero no en la vida de su autora, Carson McCullers ni de sus obras, en las que abandona las carreteras principales de esa gran américa de barras y estrellas para adentrarse en caminos torcidos donde las únicas estrellas relucientes son las de los moteles de carretera de vidas desastrosas, sordomudos confidentes, homosexuales y tarados.

Una américa en la que ella no nació un 19 de febrero de 1917 en Georgia, en el seno de una familia normal tirando para rica. Su padre, igual que Wilbur Kelly en El corazón es un cazador solitario, fue un acomodado joyero y relojero. Aunque su primera intención es ser pianista, lo suyo no iba a ser aporrear las teclas de un piano, sino de una máquina de escribir.

Pero mientras encontraba su destino, se esforzó en ser buena pianista, y se marchó a JuilliardSchool of Music en New York para estudiar piano, a la que nunca asistió. Se perdió por el camino en muchos oficios, recepcionista, pianista en orquesta mientras asistía a unos cursos de escritura creativa en la Universidad de Columbia.

En aquella escuela conocería el amor, y a través de él, su destino. Allí estudiaba también un soldado aspirante a escritor llamado ReevesMcCullers, que le mostró las teclas que había de tocar. Lo dejó todo por ella y se marchan a París, como todos los que en los años 20 querían ser escritores. .
Alli se gastan el dinero de la carrera de pianista de ella y escriben, sobretodo ella, que publica en 1936 su primer libro, una autobiografía. Pero Carson cae enferma y tiene que guardar reposo. De aquella cama, salió en 1937 dos veces. Para casarse y para publicar su libro más famoso «el corazón es un cazador solitario».

Tenía 24 años y acababa de descubrir que no estaba hecha para el matrimonio, pues su mundo era otro sin horarios ni reglas ni hombres pegados a sus pantalones.
Vuelve en 1940 a Nueva York sola donde conoce a los hermanos Mann (Erika y Klaus) y al marido de ella, el poeta inglés W. H. Auden. Junto a ellos, y la escritora suiza AnnemarieSchwarzenbach, con la que se lía, desciende a las alcantarillas de una ciudad cada día más deprimente y que ella riega con litros y litros de alcohol cada noche.

De esos días y aquella relación saldría Reflejos en un ojo dorado (1941), famoso libro no por sus líneas, sino por las imágenes que John Huston haría para el cine.
Mientras ella seguía bebiendo, la enfermedad del alma fue extendiéndose por su cuerpo y en 1941 sufrió un ataque cerebral que la dejó paralizada de un costado; sufriría dos más en 1947. Pero de todas, si bien no se recuperaba, salía un poco más reforzada. Reforzada en sus depresiones, reforzada en sus vicios y en sus salidas.. Pensaría seguramente como Blesa y diría… para lo que me queda dentro…
No sé si sería la soledad o el saberse cerca de la muerte, o que le pilló borracha una noche, el caso es que en 1945 vuelve a casarse con Reeeves. Tampoco sé qué pensaría él para volver a casarse con la misma que lo dejó tirado por otras mujeres, pero se casó, y la cuidó los últimos años de su vida, una vida rota que se le iba yendo de poco a poco en cada noche, en cada botella y en cada infarto hasta que su corazón solitario dejó de cazar una noche de 1967.