Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

No recuerdo que hubiera gitanos en Moratalla, al menos viviendo de un modo permanente. En cambio, íbamos a Caravaca o a Calasparra y allí era normal verlos cruzarse entre la gente como habitantes habituales del lugar. A pesar de que se hacinaran en barrios apartados y se reunieran en determinados sitios, que casi constituían guetos. No existían apenas matrimonios mixtos y se daba una convivencia respetuosa, pero no exenta de cierto recelo y algunas tensiones ocasionales.

A mi barrio vino una familia gitana cuando yo era casi un adolescente. El muchacho era de nuestra edad y jugaba con nosotros. No parecía distinto, y a lo mejor es que no lo era, pero duró muy poco su estancia. Tal vez se aburrieron de estar solos y se marcharon a otro lugar. Después hemos visto a algún magrebí vendiendo alfombras o lámparas ampulosas y brillantes, cargado en pleno verano y negros exóticos, altos y musculados, con su mercancía a cuestas o en un puesto del mercado o en las Fiestas de la Vaca.

No ha cundido mucho el fenómeno de la inmigración en este pueblo, que fue precisamente un ejemplo de movimiento emigratorio durante algunas décadas, pues no sólo fuimos a diversos países de Europa, sino que también nos extendimos por algunas comunidades españolas, como Valencia y Cataluña. Muchos se quedaron o regresaron de viejos con el dinero del retiro y sin los hijos, que ya habían formado su propia familia en la ciudad donde habían residido desde niños o donde habían nacido.

Yo creo que la explicación a este raro suceso es doble: por un lado, Moratalla se encuentra al final del camino, posee una orografía abrupta y no es lugar de tránsito; pero además, su economía, precaria, no le ha permitido el lujo de acoger trabajadores de otras latitudes, al menos de modo abundante.

Es verdad que siempre fuimos un pueblo muy nuestro, arraigado en las costumbres vernáculas y cerrado sobre sí mismo, para bien o para mal. Los cambios en Moratalla han sido lentos, progresivos y no siempre bien vistos. Mientras el casco histórico se despoblaba lamentablemente, o se iba envileciendo su aspecto, a pesar de que presumimos de atraer el turismo, construíamos casas en dirección a las carreteras, a las afueras de la localidad, en el interior de la huerta, en zonas apartadas, pero, insisto, nos olvidábamos de cuidar el centro urbano.

Yo siempre he abominado de las razas puras, de los pueblos sin mestizaje, porque es en esa mezcla donde se halla la riqueza esencial. Esta es una máxima que conocen bien los ganaderos y los agricultores, o cualquiera que tenga unas pequeñas nociones de genética básica. Por otro lado, estamos condenados a compartir un mismo planeta y a entendernos, cada vez más próximos los unos de los otros, y no podemos volver el rostro a la pobreza y a la injusticia del tercer mundo sin más. En realidad, nosotros fuimos también tercer mundo, aunque lo hayamos olvidado de un modo tan rápido.

A Moratalla no vienen apenas ecuatorianos, colombianos o ucranianos, pero muy pocos saben, como lo sabemos nosotros, lo que significa andar de un país a otro en demanda de un trabajo que te permita vivir en condiciones optimas. Por eso, nadie como nosotros para entender a estos nuevos visitantes que proceden de otros ámbitos, para acogerlos en la medida de nuestras posibilidades y mostrar una hospitalidad de la que ya disfrutamos en su día.

Es fácil pedir la comprensión y la ayuda de los otros bajo la apariencia de víctimas del orden económico y social. En aquellos años, además, huíamos en parte de la dictadura, pero ejercer de vecinos con posibles, liberados del trauma de la tiranía, modernos y desenvueltos, como cualquier ciudadano europeo, cuesta más, porque incluye plantearse, cada vez que somos testigos de una injusticia o de una desigualdad manifiesta, la causa primera de tanta barbarie y de tanto horror.

Nadie parece tener la culpa de nada, mientras hombres y mujeres de otras razas y de otras latitudes nos invaden de una forma pacífica y tratan de lograr una vida mejor. Somos nosotros, de nuevo, en los pueblos y ciudades de Francia, Bélgica, Suiza y Alemania hace cuarenta años o menos, pues este mismo septiembre irán a la vendimia francesa varios miles de trabajadores españoles que ya no tienen cabida en la construcción. Hace más de dos décadas que fui por última vez a Francia con mi familia. Nadie sabe lo que se siente en un país extraño, cargado con un equipaje excesivo y grotesco, con muy poco dinero y en busca de un trabajo duro para pasar el invierno; nadie, salvo quienes estuvimos allí, fuera de nuestro país, como extranjeros en el