Pedro Antonio Martínez Robles

Me reconozco el defecto de ir acumulando pequeños objetos sin utilidad a los que atribuyo un valor sentimental; una gran cantidad de objetos que ya no sé dónde poner. A veces, cuando recuerdo alguno que hace tiempo que no veo, me atormento tratando de localizarlo en vano. Todas las cosas que creemos poseer, acaban en realidad poseyéndonos a nosotros, convirtiéndonos en esclavos de su materia inane; ejercen sobre nosotros un poder que no está en ellas, sino en nuestra memoria y en la creencia ilusoria de que, teniéndolas con nosotros, podemos retener el tiempo (su tiempo).

En octubre o noviembre de 1981, mi madre me dijo: <<La abuela Dolores ha venido para quedarse. Quiere morirse aquí. Se ha traído el abanico>>. Tenía entonces mi bisabuela 105 años y la voluntad de seguir viviendo; tanto es así que, ante el estupor de todos y no sin cierta irónica ternura, en alguna ocasión la oímos lamentarse, diciendo: <<Con quién me voy a quedar cuando se mueran mis nietos>>. Y no es que mi bisabuela fuera ingenua, ni mucho menos; siempre le atribuí un conocimiento, una prudencia y un sentido común más elevados que a los de la mayoría de quienes la rodeábamos; pero debía tener el convencimiento de que la muerte se había olvidado de ella, pues había visto envejecer y morir a sus hijos, a sus nietos acercarse a la ancianidad y a sus bisnietos crecer y hacerse mayores. De cualquier modo, y a pesar de no tener ningún achaque, ella sabía que no era eterna y eligió el lugar y el tiempo para morir, dejando así la bulliciosa ciudad de Benidorm, en la que pasó largos años con mi tía Lola, para venir a la seductora tranquilidad de Calasparra, a la casa de su nieto Perico, llena entonces de vida y de bisnietos.

Murió el día 8 de marzo de 1982, a dos días de cumplir los 106 años y tras una noche memorable, la del día 7, en la que estuvo recordando entre risas los pormenores de su noviazgo con mi bisabuelo, allá por la última década del siglo XIX. Llamó a mi madre a las seis de la mañana porque sentía que se le paraba el corazón. Fue una muerte rápida, indolora, súbita, sencilla. Después del funeral, mi madre me entregó “sus efectos personales”: un pañuelo pulcramente doblado con 300 pesetas en su interior, y su abanico. Era todo cuanto trajo consigo de Benidorm, todo cuando llevaba encima: su equipaje elemental.

Yo pienso ahora en esa cantidad de pequeños objetos que voy acumulando y que ya no sé dónde poner y me acuerdo de mi bisabuela y de aquella manera suya de prescindir de las pequeñas cosas materiales (y también de las grandes), y me acuerdo de lo que un día le oí decir a José Luis Sampedro: “Para vivir hace falta muy poco”. Y para morir, muchos menos, me digo.

 

 

 

16 de agosto de 2020