ANTONIO F. JIMÉNEZ
Uno quisiera escribir un artículo cada día, en cada momento, con la sintaxis gratis y manejable, ancha, y sacarse una columna breve y personal de un asunto de actualidad. Aunque yo prefiero un asunto atemporal, que es una actualidad prolongada eUna vieja Olivettin el eterno retorno de la vida, como por ejemplo enero. Enero y su cuesta, enero y sus mañanas rasas, enero y el peso del pasado, enero y madres en chándal por el paseo de La Rafa, enero y los juguetes rotos, enero y sus tardes naranjas y cielos diáfanos, enero y la devolución, enero y las noches en vela de los estudiantes, enero y la dieta, enero y un suspenso, enero y las rebajas, enero tristón, enero vacío, enero anímico, enero oneroso, enero seco y bíblico, enero de tiempo ordinario, enero cojonero y viejo. De pronunciar tanto la palabra enero, como que se enrarece. Qué coño es enero. Enero es en mi recuerdo una calle gris y fundida, y un corte de pelo. A enero le cuesta empezarse. Enero propende a la melancolía pero le tiran los meses con fuerza. Uno en verdad, si lo piensa bien, tiene alma de enero, saturado ya de diciembres y guirnaldas de luces. Aunque esta Nochebuena se nos fue la luz en algunos pueblos de la Comarca. Entonces hubo cenas antiguas, con velas rojas y blancas en los extremos de las mesas, un abuelo firme y un nieto lloriqueándole sobre el hombro de pana. Yo recuerdo Bullas dividida en dos por un telón negro que ensombreció la Gran Vía, el Camino Real, la Plaza de España, la Plaza Vieja, la Avenida de Murcia, el Barrio Francés y todo eso. Cuando crucé el telo negro, me vi como sombreado y ladrón. Las muchachas pisaban la acera con taconeo arrítmico y alumbrándose el camino con una luz escasa y breve. Las campanas tañían la misa del Gallo y la noche oscura del alma y de la calle se encogía. Los coches iban despacio y los conductores guiñaban los ojos dando la larga en los cruces, inundados de la tiniebla en la noche del Alumbramiento.
La gente mayor hablaría de que irse la luz es un aviso de algo. En verdad, un buen día, la luz puede esfumarse y volver todo como al año catapún. Recuerdo a un profesor que ya tenía la burra preparada con los aparejos en su garaje por si las moscas. También recuerdo a un meteorólogo advirtiendo que el mundo, en cualquier momento, podría irse al carajo. En realidad, todo eso ya lo sabían los viejos y vienen a decirnos que esto del apagón es un aviso porque nos ven demasiado tranquilos y seguros en este mundo de enchufes y pantallas. También enero es un apagón del tiempo, una espesura en el llano de los meses. Un aviso. Cuando llegó la luz, bebimos la misma basura de siempre. Está claro que de diciembre uno puede escribir más que de enero. Enero, en verdad, es un sillón aterciopelado donde reposar el cansancio del año pasado. Enero es una Olivetti vieja que no se usa. Enero es una mirada lánguida o irritada. Enero es la memoria de los doce meses. A uno le gustaría escribir un artículo cada día, en cada momento, con la melancolía sintáctica de enero. Enero tristón y escribano, enero monótono y ordinario. Enero viejo y repleto de pasado.