PAQUI VALERA
Es febrero y, voilà, me ha tocado salir de mi apacible y agobiante burbuja basada en los temibles exámenes tipo test. Sí, sí, esos exámenes en los que te hacen dudar hasta de tu nombre. Dificultad evidente aparte, lo cieUn mundo felizrto es que una vez que la amplia atmósfera de ocupaciones que se ha cernido sobre mí durante todo este tiempo ha desaparecido, me he visto en la obligación personal de enterarme de qué está pasando en este bárbaro mundo últimamente.
Y con qué me encuentro, pues con repeticiones y repeticiones de los mismos asuntos bochornosos que suelen abundar por aquí: incremento aceleradísimo de los desahucios durante la primera mitad del 2013, aumento, a mi humilde (sí, humilde, palabra aún existente a pesar del enorme ego que hoy día nos caracteriza) entender, desproporcionado de los socialmente tan en alta alcurnia directivos y tras varios bla, bla, bla, pues miseria más que evidente. Lo cierto es que no se trata del mismo discurso de siempre, sino que cada día empeora un poco más. Y esto me hace quedar estupefacta ante mi propia reacción: pasividad y cierto grado de costumbre. Lo que sin eufemismo alguno podría denominar egoísmo puro.
Egoísmo, qué palabra más triste y qué connotación tan, tan negativa lleva consigo. Sin embargo, a la vez creo que es aquella que mejor define el enorme halo de terror en que se halla inmerso el hombre actual, un lobo de sí mismo, como ya nos decía Hobbes. Todo lo acaecido es tan grosero, tan ridículo y tan maquiavélico (sí, en este mundo actual consumido por el capitalismo y la ambición donde el príncipe de Maquiavelo se halla en cada uno de nosotros repitiéndonos lentamente «El fin justifica los medios») es brutalmente bárbaro y muy peligroso, porque nos está conduciendo a la deshumanización. Mientras mi única preocupación era qué enzima metabolizaba cada proceso del organismo, el hombre seguía haciéndose cada vez más pequeño, y no a hombros de gigantes como diría Newton, sino a pasos agigantados dirigiéndose a la mayor de las deshumanizaciones.
Deshumanización, es una palabra horriblemente peligrosa, significa la propia extinción del ser humano. Si me deshumanizo, evidentemente, dejo de ser humana y simplemente quedaría acuñado el término ser, una denominación sumamente general y que también podemos adjudicar a algo inerte, INERTE.
Me da tanto miedo este hecho, que las posibles hipótesis que emanan de mi mente son muy descabelladas y nada políticamente correctas. Hemos convertido nuestro entorno en el mundo feliz que ya Aldous Huxley auguraba en 1932 con la publicación de la obra del mismo título, y como él, pienso que nos hemos librado de lo desagradable en vez de aprender a soportarlo. Lo más triste es que acabo este artículo sintiendo pena, pena del ser deshumano que se convertirá en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Gracias Quevedo, gracias pasado. Sigamos repitiendo a la vez que los demás: «Somos libres» mientras nos dirigen como a marionetas, por qué no decirlo, tan deshumanizadas como nosotros mismos. Se cierra el telón, pero continúa la función.