FÉLIX MARTÍNEZ

Nos encontramos ya en marzo, más concretamente en el día 8. Para conmemorar este día en esta ocasión contamos con Elena Cano Sánchez, oriunda de Calasparra, aunque residente desde hace unos años en Madrid. Elena, de veintiocho años se postula no solo como una de las voces femeninas a tener en cuenta en el porvenir, sino que en el mismo presente es ya una voz a considerar dentro del ámbito académico. Del arte dramático a la filosofía y de esta a aquel, viajaremos con ella en un viaje de lo uno a lo otro, sin perder la perspectiva. En una dialéctica que abre y conjuga ambas disciplinas fundiéndolas en la que podría ser un nuevo campo de estudio a tener en cuenta. Si Platón consiguió llevar a cabo el divorcio entre los artistas y la filosofía, en la persona de Elena encontramos un hecho contrario, el intento de conjugación de ambas.

De Calasparra a Madrid, ¿cómo fue el cambio?

Fue una decisión importante, pero tuve la ocasión de cursar el Máster de Creación Teatral en la UC3M y no me lo pensé demasiado. Madrid me ofrecía más oportunidades en cuanto a formación teatral que Murcia y pensé que sería bueno para mí, a día de hoy lo sigo pensando. No obstante, me gustaría volver a Murcia en algún momento.

¿En qué proyecto se encuentra inmersa ahora?

Actualmente estoy próxima al acto de defensa de mi tesis doctoral “Imagen dialéctica, zona gris y elipse en la obra de Juan Mayorga. Hacia una filosofía del teatro”, trabajo en la gestión de un congreso sobre teatro y ciencia y en la elaboración de una ponencia para un congreso internacional sobre teatro y filosofía en Alemania. Además, sigo publicando artículos e intentando introducirme en otras áreas de la filosofía por las que también siento interés. La investigación es una carrera de fondo e intento estar al día todo lo posible.

¿Ha realizado un viaje a la filosofía desde el arte dramático o son dos disciplinas complementarias?

Mi formación es artística antes que filosófica, si es que pueden excluirse de algún modo. En primer lugar, estudié Arte Dramático en Murcia, pero posteriormente realicé un máster que se centra en la escritura y puesta en pie de piezas teatrales que nacen a partir de distintos talleres de pensamiento. Digamos que me picó el gusanillo de la filosofía y decidí realizar otro máster en Teoría Crítica para seguir aprendiendo. Aunque mi viaje fue del teatro a la filosofía, a día de hoy no puedo disociar ambas disciplinas, tampoco creo que tenga sentido hacerlo, el teatro siempre ha sido un arte político. Desde la Grecia Antigua los filósofos se interesaban por el teatro, muchos de ellos eran dramaturgos. Veían en el hecho teatral la ocasión para debatir frente al pueblo acerca de los conflictos y las pasiones humanas.

Su tesis versa sobre la figura de Juan Mayorga, ¿no se le hizo difícil hacerla sobre un autor todavía vivo y en activo?

Como todo, ha tenido ventajas y desventajas. Juan Mayorga es un autor muy prolijo tanto como filósofo como dramaturgo, además su obra siempre está abierta a nuevas reescrituras, es algo que caracteriza su modo de entender la dramaturgia. Aunque trabajar con distintas versiones al algún momento se ha hecho conflictivo, hacerlo con un material inédito, o tener la ocasión de ver cómo lleva a las tablas su teoría filosófica acerca del teatro, ha sido una suerte. Quizá como aspecto negativo podría resaltar que no hay tantos estudios sobre sus piezas como puede haberlos de otras autoras o autores más distanciados temporalmente en los que poder apoyarte. Por tanto, ser la primera investigadora en publicar análisis de las nuevas piezas siempre impone respeto.

En su ideario no solo cabe Mayorga, sino otros autores como Rancière o Walter Benjamin. ¿Hay una declaración ante la relación ética y estética?

Absolutamente, a mi modo de entender el arte ambos conceptos son inseparables en el modelo teatral que propongo como herramienta pedagógica. Tanto Jaques Rancière como Walter Benjamin se preguntan si puede elaborarse un modelo teatral que devuelva al espectador su capacidad sensitiva, es decir, su empatía hacia la otredad. Ambos filósofos creían que a través del teatro se puede entrenar el pensamiento crítico para sacar al espectador de su estado alienado. Esta es la preocupación sobre la que se construye mi tesis doctoral. A pesar de vivir en el tiempo del entretenimiento y el espectáculo, pienso que las personas que nos dedicamos al teatro tenemos la responsabilidad de preguntarnos de qué modo el arte puede servir como herramienta crítica en nuestras sociedades. El teatro ha sido objeto de persecución a lo largo de la historia, esto nos puede dar una idea de hasta qué punto el teatro abre la ocasión para la reflexión ante la norma impuesta.

También trabajas sobre Primo Levi, ¿qué importancia le otorgas al concepto de memoria?

Pienso que si las sociedades se construyeran desde el conocimiento verdadero de la historia de la humanidad se nos haría impensable la violencia que hoy vivimos en Europa. Primo Levi dedicó toda su vida tras la salida del lager a testimoniar para que lo ocurrido no volviera a repetirse. Escribió para educar contra Auschwitz, daba charlas en los colegios e institutos para que los jóvenes aprendieran de los errores de la historia. El problema es que la historia generalmente está escrita desde el punto de vista de los vencedores y esto provoca una identificación afectiva entre los lectores de hoy y los ganadores de ayer, pues nadie quiere pertenecer al bando de los vencidos. Además, Auschwitz se construye como un proyecto de olvido, los nazis pretendían destruir toda prueba de lo que estaba sucediendo en los campos. Por ello, el relato de aquellos que estuvieron en primera persona en los campos de exterminio se hace imprescindible, el testigo como figura primordial en la obra de Levi nos recuerda que en el testimonio de los supervivientes es vital para entender la verdadera historia.

¿Qué relación existe entre la memoria y el teatro?

El teatro es el lugar de encuentro entre lo sucedido y lo que sucede ahora, es la mayor lección que he aprendido de Mayorga. Ningún arte ofrece la posibilidad como el teatro de ser testigo presencial de hechos que solo conocemos por los libros de historia, porque el teatro es el arte de la pregunta, de la reflexión sobre el lugar que tomamos como espectadores en la violencia sistémica que sucede en nuestras calles.

Desde tu experiencia personal y académica, ¿sientes una valoración en lo que haces? Es decir, ¿consideras que las humanidades tienen algún valor en el momento en el que nos encontramos?

Para mucha gente las humanidades siguen siendo el gran desconocido. La filosofía o la teoría teatral generalmente es aquello de lo que todo el mundo habla como trabajo destinado al fracaso pero que muy pocos conocen. Es curioso porque mientras nadie se cuestiona que para hablar de ciencias formales hay que tener ciertos conocimientos, todos tenemos una opinión acerca de las ciencias humanas, una opinión que además agrede a estas ciencias. Sin embargo, esta situación es síntoma de lo peligrosas que son estas áreas para los poderes económicos, pues son la base para la formación del pensamiento crítico. ¿Te imaginas una sociedad que verdaderamente reclame sus derechos? ¿Una sociedad que no acepte la violencia institucional?

No obstante, tengo la suerte de estar rodeada de grandes profesionales de las humanidades que apoyan mi trabajo y me han enseñado desde el amor y el respecto por esta profesión.

¿Consideras que todos los ámbitos de las humanidades tienen la misma entidad o encontramos alguna disciplina que se vea más afectada que otra?

Existe una clara diferencia entre los fondos que se destinan a la investigación en ciencias formales y naturales y los que se destinan a las ciencias humanas y sociales. Creo que todos los ámbitos de las humanidades se encuentran igual de castigados actualmente. No obstante, estamos viviendo un momento en el que la interdisciplinaridad es muy importante y esto está enriqueciendo todas las áreas. Mi trabajo mismamente engloba filosofía de la historia, epistemología, sociología, literatura, psicoanálisis o estética, esto ofrece muchas más posibilidades a la hora de entender el comportamiento humano en su contexto social, político y económico que, al fin y al cabo, es a lo que aspiran las humanidades.

¿Cómo podríamos darle la vuelta a esta situación? ¿Cómo hacer que recupere el valor de antaño?

Creo que una reforma en el sistema educativo es vital, hay que enseñar desde la escuela a distinguir entre propaganda y pensamiento. Solo de esta forma podemos ser críticos con la posición que ocupamos socialmente, aprendiendo a ponernos en el lugar del otro. Evidentemente este sería un proceso que tardaría un tiempo en dar sus frutos porque somos educados bajo la división amigo-enemigo y la individualidad, pero una sociedad que aspira a la igualdad es una sociedad que rechaza el sometimiento, una sociedad en la que la vida de todos cuenta por igual.