Pedro Antonio Martínez Robles.

Yo vi por primera vez uncidos a sus yugos aquellos bueyes canelos que llamaban calasparreño sal pie de la amplia escalera de la Fuente del Secano. Y vi mujeres con cántaros y críos de la mano, envueltas en un sordo griterío que sepultaba entre el fervor de las lenguas izadas en guerra el clamor del agua manando de los caños. Aquello pudo ser muy bien en el año 1963, o 1964, o 1965. Del año no me acuerdo pero me acuerdo del sol y del agua, y de las mujeres con críos y cántaros en la cadera haciendo cola frente al pilón. Y de los bueyes canelos uncidos a sus yugos.

Antes de que un tímido asomo de prosperidad (grande en los tiempos que entonces corrían) tendiera una red de veneros artificiales para abastecer de agua potable los hogares de Calasparra, las familias del pueblo aplacaban su sed libando en los caños de la Fuente del Secano, y el agua que escapaba a la avaricia de los cántaros era recogida por un largo pilar donde abrevaban las bestias tras las jornadas vegueras. Pero en 1969, después de 3 o 4 años de funcionamiento de la artificiosa red de agua potable, la Fuente del Secano recibió un incomprensible bofetón y fue suplantada por una empinada calle con pretensiones que, a decir verdad, jamás ha tenido gran utilidad para el tráfico. Para los humanos, que rápidamente nos habituamos a los cambios, y más si aparejan prosperidad, la innovación vaticinaba mejoría y mientras oíamos el ruido de la vida en las soterradas cañerías nos fuimos olvidando de la penuria de las largas y disputadas colas frente a la Fuente del Secano; sin embargo el rosario de acémilas, que para entonces aún las había en buena medida, que ascendía lentamente cada tarde desde el corazón de la vega, anduvo mucho tiempo desorientado, pues le habían arrebatado inexplicablemente la recompensa vespertina del agua del pilar.

La Fuente del Secano era (por usar una expresión, aunque manida, bien aceptada y bastante definitoria) uno de los rincones más emblemáticos de Calasparra. Tal es así que, a cerca de 40 años de su derribo, aún se sigue añorando incluso por aquellos que no la conocieron y hasta hubo, en su memoria, un cineclub que llevó su nombre. Ha sido, en fin, uno de esos cadáveres que el tiempo se resiste a enterrar. Hace 20 años un grupo de vecinos, entre los que me honra incluirme, postuló su recuperación. Pero como estas luchas suelen ser arduas y largas, no fue hasta el año 2000 cuando pudo arrancársele, a título de petit comitéy en privado, al entonces recién estrenado alcalde Jesús Navarro la promesa de restablecer la fuente donde siempre había estado y parece ser que ahora, en las postrimerías de su segunda legislatura, ha cobrado forma su promesa y el viejo sueño de la Fuente del Secano quiere ser más que nunca una realidad. Yo bebí las aguas de aquellos caños cuando era un crío y si es cierto que volverá a brotar este venero por donde antaño, más de uno al aplacar su sed cerrará los ojos y por un instante fugaz verá bueyes canelos y acémilas tirando de sus carros y mujeres con críos y cántaros al costado, pues el agua, que es tan simple, encierra una enorme y compleja virtud: la vida.

 

21 de abril de 2007